martes, 19 de julio de 2016

UN LUSTRO SIN FACUNDO CABRAL


Por Nando Vaccaro Talledo (julio del 2016)

Hace cinco años apagaron su voz balas de maldad y egoísmo, que penosamente existen, pero que son una parte mínima de la realidad, en la que reina la belleza del mundo, la bondad y el amor de las personas (de lo contrario la vida no podría continuar ni  florecer a cada instante). Apagaron su voz pero no su canto ni sus melodías, como tampoco sus reflexiones llenas de sabiduría y esperanza.

El 9 de julio del 2011 Facundo Cabral abordó la camioneta de Henry Fariñas, que había organizado una breve gira del cantautor por Centroamérica. El vehículo fue conducido por este hombre, que se ofreció a llevarlo al aeropuerto de Guatemala después de un concierto. En el trayecto fueron interceptados por unos individuos que dispararon a la ventana del acompañante, donde estaba sentado Facundo. Lo usual era que el empresario ocupara aquel lugar (y sus invitados, los asientos posteriores); pero ese día él quiso conducir en vez de hacerlo su guardaespaldas, y esa decisión le quitó la vida a Cabral, que nada tenía que ver con esos mafiosos (también dispararon a la cabina del conductor, que resultó herido).

Él había sido convocado para cantar, para regar el alma marchita de mucha gente, y su confianza desmedida en el prójimo no lo hizo sospechar y menos averiguar los turbios vínculos de Fariñas, porque Facundo solo se dedicaba a hacer lo que amaba, y no tenía tiempo ni para pensar mal de la gente (tras el incidente el pueblo de Guatemala hizo una marcha para exigir justicia y “pedir perdón al mundo”. Actualmente los asesinos están presos, y los estarán por casi medio siglo, igual que Fariñas lo está por narcotráfico y otros cargos).  

Aunque su salud era precaria y los médicos le habían prescrito no andar en trajines ni viajar en avión, Facundo Cabral no podía permanecer quieto e indiferente porque “la vida es el arte del encuentro, y está en constante movimiento”. Él mismo me confesó que no podía detenerse, que la vida carecería de sentido si no le entregaba al mundo lo mejor que había en su corazón. Y vaya si lo hizo, a pesar de los achaques de los últimos años y de costarle caminar (usaba un bastón), tanto que por momentos parecía que se iba a desvanecer. Sin embargo, su fuego interior ardía de tal forma que en el escenario desplegaba una energía asombrosa y tan contagiante que hasta sacerdotes, rabinos y pastores acudían a verlo para revitalizar sus emociones.

En 2007 tuve el gran honor de conocerlo personalmente, acompañándolo en varias presentaciones que realizó en diferentes lugares de la provincia de Buenos Aires, en Argentina; esos episodios se han convertido en una de las vivencias más enriquecedoras de mi vida. Gracias a su obra, desplegada en libros, canciones, poesías, versos, axiomas, aforismos y referencias de seres humanos extraordinarios, Facundo me hizo descubrir un mundo lleno de posibilidades, de gratas sorpresas, y sobre todo saber que siempre se puede empezar de nuevo y que cada amanecer trae consigo nuevas oportunidades.

Lo promovieron alguna vez para que sea candidato al premio Nobel de la paz, algo que no requería para vivir mejor y ser feliz porque él era la misma paz, y no era necesario que un galardón se lo recordara.

Van estas líneas en respeto a tu memoria, Facundo, pero sobre todo a tu universal e imborrable presencia porque, aunque tu cuerpo ya no camine sobre la tierra, tus creaciones nos acompañarán por la eternidad, así como el legado de Jesús, de Teresa de Calcuta, de Ghandi, y de todos aquellos que, como canta Ricardo Arjona, murieron con una sonrisa en los labios porque fueron verbo y no sustantivo.

Como agradecimiento a la vida, que me ha dado tanto, y por haber tenido la dicha de conocerte Facundo Cabral, siento que ese privilegio no puede ser solamente para mí y debe ser expandido, porque nadie es dueño de nada si no lo comparte. Por eso me comprometo a seguir difundiendo tu obra, que, como bien decía Sara, tu progenitora, “es un baúl donde el mundo ha depositado todas sus maravillas”.