Por Nando Vaccaro T. – julio, 2026
INTRODUCCIÓN
Vivimos en una época en la que el
acceso al conocimiento ya no constituye el principal desafío
de la educación. La información circula de manera inmediata gracias a Internet
y, más recientemente, a las herramientas de inteligencia artificial. Sin
embargo, esta abundancia de información no garantiza que las personas
aprendan, comprendan o desarrollen las competencias necesarias para
enfrentar los problemas de una sociedad cada vez más compleja. En este
contexto, la función del docente trasciende la transmisión de contenidos
para asumir un reto mucho más exigente: gestionar el aprendizaje.
El curso Gestión del
Aprendizaje, desarrollado en el marco del Doctorado en Educación de
la Universidad Nacional de Piura y dirigido por el Dr. José Martín Merino
Marchán, me permitió comprender que enseñar no consiste únicamente
en planificar clases o seleccionar metodologías, sino en diseñar
experiencias que favorezcan la construcción de conocimientos, el
desarrollo del pensamiento crítico y la formación de estudiantes capaces
de aprender durante toda la vida. Esta reflexión adquiere especial relevancia
en un escenario donde la inteligencia artificial ofrece nuevas posibilidades
para la educación, pero también exige revisar críticamente nuestras
prácticas docentes.
El presente ensayo recoge
las principales reflexiones que me dejó el curso. Más que resumir los
contenidos desarrollados, busca mostrar cómo la comprensión de los
enfoques pedagógicos, el desarrollo de la autonomía, la metacognición,
el trabajo colaborativo y el uso pedagógico de la inteligencia
artificial transforman la manera de entender la gestión del aprendizaje
en la educación superior.
LO QUE CAMBIÓ MI MANERA DE
ENTENDER LA DOCENCIA
Uno de los aprendizajes más
significativos del curso fue comprender que las diferencias entre los
enfoques pedagógicos no radican únicamente en las estrategias que utiliza
el docente, sino en la manera en que conciben el aprendizaje y el papel que
desempeñan quienes participan en él. Hasta hace algunos años tendía a asociar
cada enfoque con determinadas técnicas de enseñanza; hoy entiendo que cada
uno responde a una forma distinta de comprender cómo las personas construyen el
conocimiento.
El conductismo enfatiza la
organización del aprendizaje mediante objetivos claros, práctica sistemática y
evaluación de resultados observables. El constructivismo sitúa al
estudiante como protagonista de la construcción de su conocimiento, partiendo
de sus experiencias y saberes previos. El socioconstructivismo amplía
esa perspectiva al destacar que aprendemos mejor cuando interactuamos con otras
personas y compartimos significados. Finalmente, el enfoque crítico-reflexivo
nos recuerda que la educación debe formar ciudadanos capaces de analizar su
realidad, cuestionarla y transformarla.
Sin embargo, la principal
reflexión que me deja el curso es que ningún enfoque explica por sí solo
la complejidad del aprendizaje. En la práctica docente, la gestión
del aprendizaje exige integrar críticamente los aportes de cada uno de
ellos según las características de los estudiantes, el contexto
y los propósitos formativos. Enseñar supone tomar decisiones
pedagógicas fundamentadas y comprender que la flexibilidad
constituye una de las principales competencias del docente contemporáneo.
LA VERDADERA GESTIÓN DEL
APRENDIZAJE
Quizá el mayor aporte del curso
fue comprender que gestionar el aprendizaje significa mucho más que
organizar actividades o cumplir una planificación. Gestionar implica
crear las condiciones para que los estudiantes aprendan de manera autónoma,
colaborativa y reflexiva. En otras palabras, formar
personas capaces de seguir aprendiendo incluso cuando el docente ya no está
presente.
La autonomía
responde a una pregunta esencial: ¿cómo aprendo por mí mismo? No
significa dejar solo al estudiante, sino acompañarlo para que desarrolle la
capacidad de planificar, regular y evaluar su propio proceso de aprendizaje.
Estrategias como el aprendizaje basado en proyectos, el aula
invertida o los portafolios digitales cobran sentido porque
fortalecen esa capacidad de aprender de manera independiente y responsable.
El trabajo colaborativo
responde a otra dimensión igualmente importante: ¿cómo aprendo con otros?
Durante el curso comprendí que organizar estudiantes en grupos no garantiza,
por sí mismo, un aprendizaje colaborativo. La colaboración requiere diálogo,
intercambio de ideas, construcción conjunta del conocimiento y
una mediación constante del docente que oriente el proceso y
favorezca la participación de todos. En este sentido, el aula deja de
ser un espacio de transmisión para convertirse en una comunidad de
aprendizaje.
La tercera dimensión es la metacognición,
entendida como la capacidad de reflexionar sobre la propia manera de
aprender. Muchas veces evaluamos cuánto aprendieron los estudiantes, pero
pocas veces les enseñamos a preguntarse por qué aprendieron, qué
estrategias les resultaron más útiles o cómo podrían mejorar sus
procesos de aprendizaje. Promover la metacognición implica enseñar a los estudiantes
a convertirse en aprendices conscientes y autorregulados, capaces de identificar
sus fortalezas, reconocer sus dificultades y asumir un compromiso
permanente con su mejora.
Estas tres capacidades no
constituyen procesos independientes. La autonomía responde a la
pregunta “¿cómo aprendo por mí mismo?”; el trabajo
colaborativo, a “¿cómo aprendo con otros?”; y la metacognición,
a “¿cómo reflexiono y mejoro mi manera de aprender?”. Gestionar
el aprendizaje consiste precisamente en integrar estas dimensiones para
formar estudiantes preparados para aprender a lo largo de toda la vida.
LAS ESTRATEGIAS NO SON EL FIN
Otra reflexión importante que
deja el curso es comprender que las estrategias metodológicas carecen de
valor por sí mismas. Con frecuencia existe la tendencia a considerar que
metodologías como el aprendizaje basado en proyectos, el aprendizaje basado en
problemas, el estudio de casos o el aula invertida representan innovaciones
suficientes para mejorar la enseñanza. Sin embargo, ninguna estrategia
garantiza aprendizajes significativos si no responde a un propósito
pedagógico claramente definido.
En este sentido, resulta
fundamental diferenciar las estrategias de enseñanza de las estrategias de
aprendizaje. Las primeras corresponden a las decisiones que toma el docente
para organizar los procesos educativos; las segundas son las acciones que
desarrollan los estudiantes para comprender, aplicar, relacionar y reconstruir
los conocimientos. La verdadera innovación ocurre cuando ambas dimensiones
se articulan para favorecer el desarrollo de competencias como la
autonomía, el pensamiento crítico, la resolución de problemas, la reflexión
metacognitiva y el trabajo colaborativo.
Por ello, más que preguntarnos
qué metodología utilizar, deberíamos preguntarnos qué tipo de
aprendiz queremos formar. Solo a partir de esa respuesta las
estrategias adquieren sentido y coherencia con los propósitos educativos.
INTELIGENCIA ARTIFICIAL
La irrupción de la inteligencia
artificial constituye uno de los mayores desafíos para la educación
contemporánea. Sin embargo, el curso me permitió comprender que el debate no
debe centrarse en si estas herramientas reemplazarán al docente, sino en
cómo pueden contribuir a mejorar la gestión del aprendizaje.
La inteligencia artificial
ofrece oportunidades para personalizar la enseñanza, proporcionar
retroalimentación inmediata, facilitar el acceso a múltiples fuentes de
información y fortalecer procesos de investigación y aprendizaje
colaborativo. No obstante, ninguna herramienta tecnológica puede
sustituir la mediación pedagógica, el juicio crítico ni la formación ética que
corresponden al docente. La tecnología adquiere sentido únicamente
cuando se integra dentro de una propuesta pedagógica coherente y orientada al
desarrollo integral de los estudiantes.
En consecuencia, el verdadero
desafío no consiste en aprender a utilizar nuevas herramientas digitales,
sino en fortalecer nuestra capacidad para integrarlas críticamente a los
enfoques pedagógicos que sustentan una educación centrada en el
aprendizaje.
REFLEXIÓN FINAL
Al concluir este curso comprendo
que gestionar el aprendizaje constituye una responsabilidad
compartida. El docente desempeña un papel fundamental como mediador
del aprendizaje, pero sus acciones requieren el respaldo de
instituciones comprometidas con la innovación y de políticas educativas que
promuevan una formación continua y pertinente. Al mismo tiempo, esperar
únicamente cambios estructurales significaría renunciar a las posibilidades de transformación
que existen dentro de cada aula.
Durante mi formación
universitaria escuché una idea que hoy cobra especial sentido: los educadores
debemos mantener, metafóricamente, un pie dentro del sistema y otro fuera
de él. Estar dentro significa comprender las condiciones reales
en las que ejercemos la docencia; estar fuera implica conservar la
capacidad crítica para cuestionarlas e impulsar cambios desde nuestra propia
práctica. Ambas dimensiones no son contradictorias, sino complementarias.
En definitiva, la gestión del
aprendizaje no consiste únicamente en aplicar teorías pedagógicas o incorporar
tecnologías innovadoras. Significa asumir el compromiso permanente de
crear experiencias educativas que desarrollen autonomía, pensamiento
crítico, colaboración y reflexión, convencidos de que las grandes
transformaciones de la educación también comienzan con las pequeñas decisiones
que cada docente toma diariamente en su aula.
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| Última clase de Gestión del aprendizaje, liderada por el Dr. José Martín Merino Marchán. |

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