martes, 17 de febrero de 2026

PEDAGOGÍA, FILOSOFÍA Y LITERATURA: EDUCAR PARA LA LIBERTAD EN EL SIGLO XXI (por Nando Vaccaro T.)

 

Nota del autor

Este ensayo nace en el marco del curso Seminario de Problemática Educativa del Doctorado en Educación que actualmente realizo. Sin embargo, su origen es más personal que curricular. Desde hace años me acompaña una inquietud constante: ¿qué significa realmente educar en una sociedad democrática? ¿Es la pedagogía solo una técnica o es, ante todo, una reflexión sobre el sentido de formar seres humanos?

El siguiente texto busca responder a esas preguntas desde un diálogo entre pedagogía, filosofía y literatura. Aquí intento sostener que la educación no puede reducirse a métodos ni a resultados medibles; es, sobre todo, una tarea ética y cultural que implica formar libertad, sensibilidad y pensamiento crítico. Este ensayo constituye la base teórica del siguiente trabajo, en el que esa reflexión se aplica al caso concreto de la educación peruana.

Nando Vaccaro Talledo – febrero, 2026.




INTRODUCCIÓN METODOLÓGICA: EDUCAR COMO PROBLEMA NORMATIVO Y POLÍTICO

Este trabajo adopta un enfoque ensayístico-analítico de carácter hermenéutico y reflexivo. No se trata de una investigación empírica, sino de un análisis conceptual que articula teoría pedagógica, filosofía política y reflexión literaria para examinar el sentido contemporáneo de la educación.

La hipótesis que planteo sostiene que toda pedagogía implica una filosofía implícita y, por tanto, una opción ética y política. La educación nunca es neutral. Como afirma Savater (2008), educar es el proceso mediante el cual una sociedad transmite deliberadamente aquello que considera valioso. Esa transmisión expresa una decisión normativa: qué tipo de persona y qué tipo de convivencia se desea promover.

En un mundo dominado por métricas, rankings y estándares, la pregunta por el sentido de educar parece incómoda. Sin embargo, es la pregunta decisiva.

 

¿PARA QUÉ EDUCAMOS? LA DIMENSIÓN FILOSÓFICA DE LA PEDAGOGÍA

Dewey (2004) sostuvo que la educación no es preparación para la vida, sino vida misma. Arendt (1996) añadió que educar implica asumir responsabilidad por el mundo frente a quienes llegan a él. Ambas perspectivas subrayan que la escuela no es un espacio aislado, sino un laboratorio de convivencia democrática.

Fernando Savater profundiza esta dimensión normativa. En Ética para Amador sostiene que los seres humanos no estamos programados para vivir, sino obligados a elegir cómo hacerlo (Savater, 1997). Esa capacidad de elección es el núcleo de la libertad. Educar, entonces, no es programar conductas, sino formar criterios.

En Política para Amador, Savater (1998) insiste en que vivir en sociedad implica aprender a convivir con quienes no son como nosotros. La educación debe preparar para esa pluralidad. En El valor de educar (Savater, 2008), afirma que el objetivo principal de la enseñanza es formar ciudadanos, no meros especialistas. Y en La aventura de pensar (Savater, 2013) recuerda que la filosofía no ofrece respuestas definitivas, pero enseña a no conformarse con falsedades.

Estas ideas revelan que la pedagogía no puede reducirse a metodología. Cada teoría educativa presupone una antropología y una perspectiva sociológica: una visión del sujeto y de su capacidad de libertad.

 

TEORÍAS DEL APRENDIZAJE: ENTRE EFICACIA Y EMANCIPACIÓN

El conductismo, representado por Skinner (1981), privilegia el control del entorno y la modificación observable de conductas. El constructivismo, desarrollado por Piaget (1978) y ampliado por Vygotsky (2009), enfatiza la construcción activa y social del conocimiento. Ausubel (2002) introduce la noción de aprendizaje significativo, subrayando la importancia de los saberes previos. Gardner (1995) cuestiona la visión unidimensional de la inteligencia. Siemens (2004) propone el conectivismo como respuesta a la era digital.

Cada teoría aporta herramientas valiosas. El problema surge cuando la teoría sustituye la reflexión ética. Freire (2005) advierte que la educación puede convertirse en “bancaria” cuando el docente deposita contenidos en estudiantes considerados recipientes pasivos. En ese modelo, el saber se transforma en poder unilateral y el aprendizaje en repetición.

Pero la crítica freireana no es solo metodológica, sino política. “Nadie educa a nadie, nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan entre sí mediatizados por el mundo” (Freire, 2005, p. 80). Educar es un acto dialógico. Cuando la palabra del estudiante es silenciada, la escuela reproduce jerarquías sociales; cuando se promueve el diálogo, se inaugura posibilidad de transformación.

En la era digital, el acceso masivo a la información no garantiza el pensamiento crítico. Savater (2013) recuerda que pensar no es acumular datos, sino saber relacionarlos con criterio. La pregunta fundamental no es solo cómo aprenden los estudiantes, sino para qué aprenden.

 

LITERATURA Y FORMACIÓN DE LA SENSIBILIDAD

Mario Vargas Llosa ha dicho que “lo mejor que me pasó en la vida fue aprender a leer”. En esa frase se condensa una pedagogía entera: la lectura no es destreza técnica, sino apertura del mundo. En Elogio de la educación, Vargas Llosa (2009) defiende la formación humanista como garantía de libertad democrática. La literatura permite vivir otras vidas, comprender perspectivas distintas, ensayar decisiones morales sin destruir la realidad.

Murdoch (1997) sostiene que la literatura educa la “atención justa”: la capacidad de mirar al otro sin simplificarlo. Adichie (2018) advierte sobre el peligro de la historia única, subrayando la importancia de la pluralidad de narrativas.

La literatura no impone respuestas; cultiva preguntas. En sociedades atravesadas por desigualdad o violencia histórica, cumple además una función ética y memorial. Frente a la fragmentación digital, la lectura profunda se convierte en ejercicio de resistencia intelectual; además, cumple una función ética que no podemos negociar: preserva la memoria y humaniza las cifras.

EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA EN EL SIGLO XXI

Nussbaum (2012) advierte que una educación orientada exclusivamente al crecimiento económico debilita la democracia. Freire (2005) complementa esta idea al señalar que la educación sin conciencia crítica perpetúa estructuras de opresión. Para Freire, aprender a leer el mundo precede a leer la palabra. La alfabetización es toma de conciencia. La libertad sin comprensión de las condiciones sociales es frágil.

Savater (2008) insiste en que educar es enseñar a elegir responsablemente. Freire añadiría que esa elección solo es auténtica cuando el sujeto comprende el contexto histórico y político que lo condiciona. La escuela no puede resolver todos los problemas sociales, pero puede formar sujetos capaces de enfrentarlos con juicio y responsabilidad.

 

LA EDUCACIÓN PERUANA: DIAGNÓSTICO PRELIMINAR

El sistema educativo peruano enfrenta desafíos estructurales significativos: desigualdad territorial, brechas digitales, limitaciones en infraestructura, debilidades en comprensión lectora y desvalorización docente. Sin embargo, el problema no es únicamente material. Existe una pregunta más profunda: ¿para qué se educa en el Perú?: ¿para formar ciudadanos críticos?; ¿para aprobar exámenes estandarizados?; ¿para ingresar a la universidad?; ¿para obtener empleo?

Con frecuencia, la educación secundaria se convierte en preparación para el examen de admisión. La memorización sustituye la reflexión. El éxito se mide por ingreso universitario, no por formación ética.

Freire (2005) advertía que la educación puede domesticar o liberar. Savater (1997) recuerda que enseñar no es adiestrar, sino ayudar a pensar. Si la educación se reduce a estrategia de ascenso social o a mecanismo competitivo, pierde su dimensión democrática. En un país pluricultural y multilingüe, la pedagogía debe reconocer la diversidad como riqueza. Pero esa intención requiere coherencia entre discurso normativo y práctica real.

 

CONCLUSIÓN: EDUCAR ES APOSTAR POR LA LIBERTAD Y LA DIGNIDAD

La articulación entre pedagogía, filosofía y literatura revela que educar no es solo transmitir contenidos; es intervenir en el futuro.

Savater (2013) afirma que la filosofía nos enseña a no conformarnos con mentiras. Freire (2005) recordaría que la educación debe impedir que nos acostumbremos a la injusticia. Ambas ideas convergen en un mismo horizonte: la humanización.

Si la escuela forma personas capaces de pensar, imaginar y convivir críticamente, habrá cumplido su misión. Si solo produce ejecutores eficientes, habrá renunciado a su tarea más profunda. La educación es, en última instancia, una apuesta por la libertad, pero también por la dignidad.

 


Referencias

Adichie, C. N. (2018). El peligro de la historia única. Literatura Random House.

Arendt, H. (1996). Entre el pasado y el futuro. Península.

Ausubel, D. P. (2002). Adquisición y retención del conocimiento. Paidós.

Dewey, J. (2004). Experiencia y educación. Biblioteca Nueva.

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

Gardner, H. (1995). Estructuras de la mente. Fondo de Cultura Económica.

Murdoch, I. (1997). La soberanía del bien. Caparrós.

Nussbaum, M. C. (2012). Sin fines de lucro. Katz.

Piaget, J. (1978). Psicología y pedagogía. Ariel.

Savater, F. (1997). Ética para Amador. Ariel.

Savater, F. (1998). Política para Amador. Ariel.

Savater, F. (2008). El valor de educar. Ariel.

Savater, F. (2013). La aventura de pensar. Ariel.

Siemens, G. (2004). Conectivismo: Una teoría de aprendizaje para la era digital.

Skinner, B. F. (1981). Ciencia y conducta humana. Fontanella.

Vargas Llosa, M. (2009). Elogio de la educación. Taurus.

Vygotsky, L. S. (2009). El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Crítica.

 




martes, 10 de febrero de 2026

EL PERÚ MÁS ALLÁ DE LA CRISIS: CUANDO EL PROBLEMA ES SOCIOCULTURAL (por Nando Vaccaro)

 Por Nando Vaccaro Talledo - febrero, 2026.

Nota del autor: el presente texto ha sido elaborado como un ensayo crítico que complementa el trabajo titulado LA CRISIS POLÍTICA E INSTITUCIONAL EN EL PERÚ: UN EQUILIBRIO PERVERSO (enfoque teórico-interpretativo), desarrollado en el marco del curso Seminario de problemática educativa nacional, dirigido por el Dr. Héctor Castro, correspondiente al Doctorado en Educación que actualmente curso. Este nuevo ensayo busca profundizar el análisis de la realidad peruana, desplazando el foco desde las estructuras políticas e institucionales hacia las prácticas socioculturales que las sostienen, con el propósito de ampliar la reflexión sobre los desafíos y las posibilidades de intervención para una transformación social más justa y sostenible. Asimismo, se publica en este blog como un aporte al debate público, en coherencia con el espíritu de La palabra brota, espacio dedicado a la reflexión crítica y al diálogo entre educación, política y cultura.


¿Por qué continúa perpetuándose esta condición de desigualdad, corrupción e informalidad en el Perú? Porque, muy por el contrario de lo que se piensa, el sistema no es improvisado ni caótico: está diseñado para no alterar el status quo. Porque el Perú, para ciertas élites y grupos de poder, no es una patria ni un hogar común, sino una jungla que explotan y de la cual se sirven. Atienden su salud en el extranjero, se educan en las mejores universidades de EE. UU. y Europa, y vacacionan alrededor del mundo, descansando probablemente sin la conciencia propia de quien extraña y quiere lo mejor para su terruño.

El sistema no es caótico: funciona así

Los políticos actuales no son más que los rostros visibles de mafias o élites empresariales que tejen los hilos del Perú. ¿Por qué en otros países, con menos recursos y también con diversidad de estratos sociales, las “cosas” funcionan, y conviven el orden, el progreso y la formalidad? Porque los empresarios y las élites que dirigen esos países ya no miran hacia otro lado; entienden que también a ellos les conviene vivir en sociedades más ordenadas, con reglas claras y desarrollo sostenido.

Cuando el entorno enseña a corromper

En el Perú hemos llegado a un punto en el que, si una empresa extranjera viene con supuestas “buenas intenciones”, termina asimilando rápidamente el comportamiento del entorno, al enterarse de “cómo funcionan las cosas acá”, y se aprovecha de esa coyuntura.
Un ejemplo recurrente podría ser el de una empresa inmobiliaria que llega a un pueblo para construir viviendas sociales. A sus representantes no necesariamente les interesa el bienestar o el desarrollo de la población local, sino las ventas y las ganancias, como ocurre con la mayoría de organizaciones con fines de lucro. Al inicio, cumplen con todos los requisitos para operar e incluso pagan sueldos por encima de la media. Sin embargo, a medida que avanzan las obras, descubren que no es necesario tener al personal en planilla, que pueden —y deben— negociar con mafias de cupos en construcción, y que finalmente la autoridad local regulariza todos los procesos si recibe a cambio una “contribución”. Lamentablemente en el Perú, el sistema no expulsa estas prácticas: las enseña.

La corrupción como práctica transversal

También hemos llegado a un punto en el que la corrupción y la concentración del poder no solo son patrimonio de las élites, sino que la ambición por el dominio se ha extendido a distintos contextos y estratos. Piénsese en el caso de un médico, muy bien preparado, que llega a un hospital de provincia, sin contrato establecido, aplicando todos los meses con recibos por honorarios. Aunque su condición laboral es inestable, se desempeña profesionalmente con una fuerte convicción ética y vocación de servicio. En poco tiempo logra mejoras sustantivas en su área, como antes no había sido posible ni siquiera con médicos nombrados que llevan años en el nosocomio. Asume un mayor cargo hospitalario, y, con una nueva gestión, el joven médico es designado subdirector.

Desde ese cargo, comienza a proponer cambios positivos que nadie antes se había atrevido a impulsar: instala cámaras en áreas estratégicas para evitar que los médicos abandonen el hospital y atiendan, a sus mismos pacientes, en consultorios privados y durante el tiempo que les paga el Estado; implementa un reloj marcador para garantizar el cumplimiento de horarios; interviene el negociado del SUBCAFAE que lucraba con la alimentación de los pacientes; reemplaza a la jefatura del área de control interno, donde las quejas nunca eran atendidas; y fortalece la capacitación de los internos, comprometiendo a otros profesionales con una visión de un hospital —y un país— mejor. Estas medidas incomodan profundamente a los jefes de servicio y a quienes, durante años, hicieron lo que quisieron, cobrando sueldos estatales sin cumplir con su función. El desenlace es previsible: el director es destituido y, con él, el subdirector. En pocos días, se restablece el status quo anterior.

Reformar desde dentro: el límite del cambio institucional

En este punto recuerdo a Carlos Mangone, quien fuera mi docente de Teoría de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires, cuando afirmaba que “la realidad se cambia con un pie afuera y un pie adentro del sistema”. Con los dos pies afuera es casi imposible proponer reformas; con los dos pies adentro, se corre el riesgo de convertirse en parte del problema. En el caso del joven médico, los cambios se hicieron desde dentro y las mejoras fueron evidentes. Sin embargo, el sistema de corrupción está tan arraigado —como una metástasis— que las propuestas necesarias terminan disolviéndose y olvidándose. Este episodio no es una anomalía, sino una muestra de cómo las prácticas socioculturales normalizadas castigan cualquier intento de transformación institucional.

Educación y reproducción del orden

Hablamos constantemente de oportunidades y del rol central de la educación en el desarrollo del país —rol que sin duda tiene—. No obstante, este sector, lejos de constituirse en un frente de resistencia, ha sido utilizado por quienes, con el discurso de “venir desde abajo” o “ser del pueblo”, se han valido de las grietas del sistema para prostituir la educación. Un ejemplo evidente es el de los dueños de colegios y universidades que se benefician de exoneraciones tributarias al operar como instituciones sin fines de lucro, cuando en la práctica ese es precisamente su objetivo. Así, la educación, en lugar de convertirse en un motor de transformación cultural y un frente de resistencia, termina funcionando como un mecanismo de reproducción del mismo orden que dice combatir.

Despojo legalizado y desarrollo excluyente

Durante la denominada reforma agraria, se buscó una redistribución más equitativa de la tierra. La intención parecía justa; sin embargo, se ejecutó sin las condiciones sociales, técnicas y productivas necesarias. Hoy, muchos de quienes fueron beneficiarios terminaron vendiendo sus tierras y trabajan —paradoja dolorosa— en los mismos predios que antes les pertenecieron, ahora en manos de agroindustrias y agroexportadoras, recibiendo sueldos precarios y soportando jornadas extenuantes. Todo ello con la complicidad de las autoridades y el respaldo de una normatividad que los blinda. En este contexto, no puede obviarse la vigencia de la Ley Chlimper, que prioriza la rentabilidad empresarial sobre la estabilidad del trabajador. Una ley promovida por un personaje oscuro de la política peruana y avalada por una agrupación que, paradójicamente, sigue siendo una de las más votadas, especialmente en las regiones del norte del Perú. Como bien sugiere el sociólogo Héctor Castro, se requiere una reorientación hacia la agricultura familiar y una nueva reforma agraria, pero esta vez sobre bases sociales y técnicas sólidas.

La descentralización como botín

Los pueblos alejados de la capital clamaron durante décadas por descentralización y empoderamiento regional. Esta llegó con el nuevo siglo, pero, como suele decirse, la cura terminó siendo peor que la enfermedad. Muchos gobiernos regionales se convirtieron en verdaderos botines presupuestales, además de flagrantes ineficiencias. Hoy no solo somos traicionados por el gobierno central y las élites, sino también por nuestros propios paisanos, aquellos que recorren caseríos en campaña electoral, repartiendo dulces y abrazos con insidiosa hipocresía, para luego administrar recursos públicos como si fueran de su propiedad privada.

Los ejemplos son numerosos. En Piura, la llamada “obra del bicentenario”, presentada con bombos y platillos como una muestra de alta ingeniería y con una inversión millonaria, terminó resquebrajándose y desmoronándose, como tantas obras regionales y municipales. Otro caso emblemático es el PEIHAP (Proyecto Especial de Irrigación e Hidroenergético del Alto Piura), señalado reiteradamente como la “caja chica” de los gobiernos regionales. Con más de treinta años de retrasos, inversiones desperdiciadas, mala gestión y corrupción, el proyecto no registra avances significativos, pese a su importancia estratégica. El problema no es, entonces, la falta de agua ni una supuesta escasez hídrica, como suelen desinformar y al mismo tiempo pretenden imponer desde un discurso tergiversado algunos medios sostenidos por el poder, sino el abandono de las obras y el despilfarro sistemático de recursos.

Más allá de la crisis institucional

En definitiva, la problemática del Perú no radica únicamente en su crisis política e institucional, sino —y, sobre todo— en el envilecimiento de ciertas prácticas socioculturales. Nos quejamos de la desigualdad, pero consciente o inconscientemente seguimos avalando costumbres heredadas del colonialismo, como aprovecharnos de las circunstancias para beneficio propio, la famosa “ley del más vivo”, sin reparar en el daño colectivo. Olvidamos que estas prácticas afectan a nuestras familias y afectarán a nuestra descendencia, del mismo modo en que los colonizadores explotaban territorios en los que vivían, pero que nunca sintieron como propios.

Por ello, como afirmaba Gandhi, “la educación es el camino”. Pero no una educación tradicional, jerárquica y meramente instrumental —de regla y pizarrón; aquella que exige fuentes recientes del último lustro y desdeña las mentes luminosas que nos alumbran desde hace siglos—, sino una educación que nos permita reflexionar críticamente sobre nuestra forma de actuar. El reto es muy claro: no habrá transformación política ni institucional duradera sin una revisión profunda de nuestras prácticas socioculturales cotidianas y sin asumir responsabilidad sobre ellas; lo que implica, además, el ejercicio de una memoria activa que nos prevenga de elegir y decidir desde los mismos lamentos del pasado. Porque si el problema del Perú no es solo un sistema político fallido, sino una cultura que lo tolera y lo reproduce, la pregunta final no es únicamente qué reformas necesita el Estado, sino cuánto estamos dispuestos a cambiar nosotros para que esas reformas sean realmente posibles.



viernes, 6 de febrero de 2026

LA CRISIS POLÍTICA E INSTITUCIONAL EN EL PERÚ: UN EQUILIBRIO PERVERSO (por Nando Vaccaro Talledo)

 

LA CRISIS POLÍTICA E INSTITUCIONAL EN EL PERÚ: UN EQUILIBRIO PERVERSO

Por Nando Vaccaro Talledo – febrero, 2026

Nota del autor:

El presente texto ha sido elaborado como un ensayo de análisis de la realidad nacional con enfoque teórico-interpretativo, en el marco del curso Seminario de problemática educativa nacional (dirigido por el Dr. Héctor Castro) correspondiente al Doctorado en Educación que actualmente curso. Asimismo, se publica en este blog como un aporte al debate público, en coherencia con el espíritu de La palabra brota, espacio dedicado a la reflexión crítica, la interpretación de la realidad peruana y el diálogo entre educación, política y cultura.

 

INTRODUCCIÓN

El Perú atraviesa desde hace décadas una crisis política e institucional persistente, expresada en altos niveles de corrupción, inestabilidad gubernamental, desconfianza ciudadana, baja calidad de los servicios públicos, desigualdad en el acceso a derechos básicos y una conflictividad social recurrente. Estos problemas, ampliamente diagnosticados, afectan tanto al Estado como a su relación con la sociedad y al funcionamiento del sistema político en su conjunto.

Sin embargo, este diagnóstico ya no aporta nada sustantivamente nuevo. El desafío no consiste en enumerar los síntomas del “enfermo crónico”, sino en avanzar hacia una explicación causal y estructural que permita comprender por qué estas dinámicas persisten, incluso cuando existe consenso sobre aquello que no funciona.

Desde esta perspectiva, el problema del Perú no es la corrupción en sí misma, sino la existencia de un equilibrio perverso y disfuncional en el que la corrupción resulta racional para ciertos actores, la informalidad se vuelve adaptativa, la inestabilidad política es funcional al sistema y el fracaso de las políticas públicas no genera consecuencias reales para quienes toman decisiones. En este sentido, el sistema se reproduce porque funciona para los actores con poder, aunque fracase para el desarrollo y el bienestar colectivo.

Este ensayo propone, por tanto, pasar del diagnóstico a una interpretación más profunda, incorporando una lectura estructural, histórica, cultural y simbólica de la crisis política e institucional peruana, a partir del diálogo entre la teoría institucional, autores peruanos y aportes de la filosofía política.



DISCUSIÓN: CRISIS POLÍTICA E INSTITUCIONAL COMO PROBLEMA ESTRUCTURAL

La persistencia de la crisis política e institucional en el Perú no puede explicarse únicamente por fallas normativas o deficiencias técnicas del Estado. Como señalan diversos enfoques institucionalistas, el problema central radica en la brecha entre las reglas formales y las prácticas reales que organizan la vida social y política (North, 1990). En el caso peruano, esta brecha se manifiesta en un Estado que funciona “en el papel”, pero cuya capacidad efectiva de regulación, provisión de servicios y generación de confianza es limitada.

Desde una perspectiva histórica e institucional, autores como Cotler (2005) han descrito al Perú como una sociedad caracterizada por la fragmentación social y la débil articulación entre Estado y ciudadanía, donde las élites han construido instituciones para su beneficio sin integrar plenamente a la población. Esta lectura ayuda a entender por qué la corrupción y la informalidad no son desviaciones del sistema, sino formas normalizadas de funcionamiento dentro de un orden político excluyente.

En la misma línea, Durand (2017) analiza la captura del Estado por intereses económicos, mostrando cómo la relación entre poder político y sector privado ha condicionado la toma de decisiones públicas. Esta captura no solo debilita la capacidad reguladora del Estado, sino que refuerza la percepción ciudadana de que las normas no se aplican de manera equitativa, alimentando la desconfianza institucional y el incumplimiento normativo.

Desde la ciencia política comparada, Acemoglu y Robinson (2012) sostienen que los países que priorizan actividades extractivas tienden a reproducir desigualdad y bajo desarrollo, incluso cuando cuentan con amplios y variados recursos naturales. El caso peruano encaja en esta lógica: la descentralización fiscal, por ejemplo, amplió el acceso a recursos, pero sin fortalecer capacidades institucionales ni mecanismos de control, lo que derivó en baja ejecución del gasto y nuevos espacios de corrupción subnacional.

Por su parte, Fukuyama (2011) subraya que el desarrollo estatal no depende solo de la existencia de leyes, sino de la capacidad del Estado para implementarlas de manera coherente y sostenida. En el Perú, la alta rotación de autoridades y la ausencia de un servicio civil consolidado han generado un Estado sin memoria institucional, donde las políticas públicas —incluidas las educativas— carecen de continuidad y evaluación efectiva.

Este déficit institucional también puede leerse desde una dimensión cultural y simbólica. La afirmación del escritor Gustavo Rodríguez, quien hace poco señaló —en una entrevista sobre su novela Mamita— que “el Perú es una república en el papel y en las leyes, pero psicológicamente seguimos conduciéndonos como una colonia”, dialoga con interpretaciones sociológicas y literarias previas. Autores como Quijano (2000) han planteado la persistencia de la “colonialidad del poder”, entendida como un patrón de dominación que trasciende la independencia formal y se reproduce en las relaciones sociales, políticas y cognitivas. Esta herencia colonial se expresa en prácticas clientelares, jerarquías informales y una débil noción de lo público como bien común.

Desde esta perspectiva, la baja participación ciudadana y la alta conflictividad social no deben interpretarse como apatía o déficit cívico, sino como respuestas racionales y emocionales frente a un Estado percibido como distante, incumplidor y capturado. Como advierte O’Donnell (1993), en contextos de “ciudadanía de baja intensidad”, los derechos existen formalmente, pero no se ejercen plenamente en la práctica, lo que debilita la democracia y la gobernanza.


CORRUPCIÓN HISTÓRICA Y EDUCACIÓN: APORTES DESDE QUIROZ

El análisis histórico de Alfonso Quiroz (2013) resulta clave para comprender la persistencia de estas dinámicas. En Historia de la corrupción en el Perú, el autor sostiene que la corrupción no es un fenómeno coyuntural, sino un rasgo estructural del Estado peruano desde la Colonia, asociado a la debilidad de los mecanismos de control y a la captura recurrente de lo público por intereses privados. Quiroz enfatiza que esta continuidad histórica ha erosionado la legitimidad del Estado y su capacidad para cumplir funciones básicas.

Quiroz también señala que la corrupción ha tenido efectos directos en sectores sociales estratégicos, al desviar recursos, distorsionar prioridades y debilitar la provisión de bienes públicos. En el caso de la educación, esto se traduce en ineficiencia del gasto, proyectos inconclusos y pérdida de confianza ciudadana, lo que refuerza un círculo vicioso de desinversión social, informalidad y bajo compromiso con lo público. Así, la corrupción no solo afecta la administración educativa, sino que contribuye a reproducir desigualdades y limitar el rol transformador de la educación.

 

DIMENSIÓN FILOSÓFICA Y CULTURAL DE LA CRISIS INSTITUCIONAL

La crisis política e institucional del Perú no puede entenderse únicamente desde variables normativas o administrativas; requiere también una lectura filosófica y cultural sobre el sentido del poder, lo público y la ley. Desde la teoría política clásica, Aristóteles advertía que las constituciones se corrompen cuando quienes gobiernan lo hacen en beneficio propio y no en función del bien común (Política, Libro III). Esta idea resulta especialmente pertinente para el caso peruano, donde la corrupción no es solo una suma de actos individuales, sino una degradación estructural del orden político que debilita la legitimidad del Estado y erosiona la confianza ciudadana.

En una línea similar, Maquiavelo señalaba que las repúblicas que no renuevan periódicamente sus instituciones están condenadas a ciclos de corrupción y decadencia (Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Libro I). La inestabilidad política recurrente en el Perú, junto con reformas parciales e inconclusas, refleja esta incapacidad para producir transformaciones institucionales profundas y sostenidas. Como consecuencia, las políticas públicas —incluidas las educativas— carecen de continuidad, evaluación y aprendizaje institucional.

Por su parte, Montesquieu advertía que no basta con que las leyes sean formalmente adecuadas; estas deben guardar coherencia con el “espíritu de la nación” (El espíritu de las leyes, Libro XIX). Esta reflexión dialoga directamente con la paradoja peruana de un Estado normativamente sofisticado, pero débil en la práctica. Las reformas legales fracasan cuando no consideran las prácticas sociales, la cultura política y la historia institucional que condicionan su implementación.

Rousseau, a su vez, alertaba sobre el riesgo de que las leyes se conviertan en instrumentos de dominación cuando no existe virtud cívica ni un sentido compartido de lo público (El contrato social, Libro II). En el contexto peruano, esta ausencia de virtud cívica no debe interpretarse como un defecto moral de la ciudadanía, sino como el resultado de un Estado históricamente excluyente, incumplidor y capturado, que ha erosionado la confianza en las reglas del juego.

Finalmente, Tocqueville recordaba que las instituciones democráticas solo se consolidan cuando existen hábitos, valores y disposiciones culturales que las sostienen (La democracia en América, Vol. I). Esta idea conecta con la afirmación de Gustavo Rodríguez sobre un país que es república en las leyes, pero colonia en sus prácticas y mentalidades. Desde esta perspectiva, la crisis institucional peruana es también educativa, simbólica y cultural, lo que refuerza la necesidad de pensar la educación no solo como un sector afectado por la corrupción, sino como un espacio estratégico para la formación de ciudadanía y la reconstrucción de la confianza en lo público.

En suma, la crisis política e institucional del Perú no es un accidente ni una anomalía, sino el resultado de un orden histórico, cultural e institucional que se reproduce porque beneficia a quienes detentan el poder, mientras limita el desarrollo y la cohesión social. Entonces, si el problema del Perú no es que el sistema no funcione, sino que funciona de manera perversa, ¿qué tipo de reformas serían realmente capaces de romper ese equilibrio y no solo administrarlo?

 


REFERENCIAS

Acemoglu, D., & Robinson, J. A. (2012). Why nations fail: The origins of power, prosperity, and poverty. Crown Business

Aristóteles. (2009). Política (Gredos).

Cotler, J. (2005). Clases, Estado y nación en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos.

Durand, F. (2017). Cuando el poder extractivo captura el Estado. Oxfam / PUCP.

Fukuyama, F. (2011). The origins of political order. Farrar, Straus and Giroux.

Maquiavelo, N. (2011). Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Alianza.

Montesquieu, C. L. (2003). El espíritu de las leyes. Tecnos.

North, D. C. (1990). Institutions, institutional change and economic performance. Cambridge University Press.

O’Donnell, G. (1993). On the state, democratization and some conceptual problems. World Development, 21(8), 1355–1369.

Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. CLACSO.

Quiroz, A. W. (2013). Historia de la corrupción en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos.

Rodríguez, G. (2026). Entrevista para BBC NEWS MUNDO, a propósito de su novela Mamita: https://www.bbc.com/mundo/articles/c2drzyj86j5o

Rousseau, J.-J. (2007). El contrato social. Alianza.

Tocqueville, A. de. (2010). La democracia en América. Fondo de Cultura Económica.

domingo, 23 de noviembre de 2025

RESEÑA LITERARIA DE ‘EL COLOR DE LA POESÍA JUVENIL LEONCIOPRADINA E IDENTIDAD CULTURAL’, DE CARMELA FRY

 Por Nando Vaccaro T. – noviembre, 2025

Portada del libro.
Al hablar de El color de la poesía juvenil leonciopradina e identidad cultural no sólo debemos enfocarnos en un libro, sino en un gesto. Un gesto pedagógico, cultural y profundamente humano. Carmela Fry Palacios recoge, sistematiza y fundamenta en esta obra una experiencia que, para quienes hemos pasado por el Colegio Militar Leoncio Prado, resulta tan reconocible como entrañable: el intento por encontrar la propia voz en medio de una institución que, por su naturaleza castrense, parece exigir primero disciplina, obediencia, orden, y dejar la sensibilidad en un segundo plano. Pero Carmela Fry demuestra lo contrario: en esas mismas estructuras emerge —a veces a borbotones— la pulsión creativa del joven cadete (como bien lo han señalado ilustres leonciopradinos del ámbito de las letras; verbigracia, Vargas Llosa y Scorza Torres).

DESDE LA MIRADA DE ESCRITOR Y EXCADETE DEL CMLP

Carmela Fry junto a los cadetes del taller.
Como exalumno leonciopradino, lo que más me interpela de este trabajo es la fidelidad con la que retrata el contexto: el internamiento, la omnipresencia del reglamento, la ritualidad castrense, la diversidad social y geográfica de los estudiantes, y ese largo combate silencioso entre la adolescencia —con sus crisis existenciales, sus ganas de romper el mundo— y el orden institucional que intenta moldearla. En ese ambiente, el taller Extramuro Poético aparece como un territorio de respiro: un pequeño “extramuros” dentro del “intramuros”. Un lugar en el que la palabra escrita se vuelve catarsis, identidad; y, al mismo tiempo, acto de resistencia creativa.

Desde un ángulo académico, el libro está organizado como una investigación formal: plantea el problema, expone antecedentes teóricos (desde Mansilla Torres hasta Cassany y Saavedra), describe un enfoque metodológico mixto —con una elaborada lista de cotejo de conductas— y presenta resultados estadísticos claros sobre el desarrollo comunicativo, intelectual y socioemocional de los cadetes participantes. Pero lo verdaderamente vibrante de la obra no es la estructura universitaria sino su trasfondo humano. Fry no solo investiga: acompaña, registra, guía. La autora se coloca del lado de los jóvenes sin renunciar al rigor analítico.

Entrevistada por Patricio Perales.
El libro propone y demuestra que la estrategia de comunicación escrita no es un simple refuerzo escolar, sino un vehículo de identidad cultural. La poesía, los cuentos, las lecturas de autores latinoamericanos, la escritura libre, la declamación: todo se convierte en herramienta para que los cadetes descubran —y afiancen— quiénes son. La teoría del constructivismo cognitivo aparece aquí no como marco abstracto, sino como un modo concreto de acompañar los procesos internos de esos adolescentes en pleno “torbellino piagetiano”.

Como excadete, confieso que la lectura me permite evocar las tardes de retreta, amaneceres fríos, cuarteles que olían a metal y tierra, y conversaciones nocturnas en las cuadras donde más de uno —aunque lo negara— tenía adentro un poeta dormido. Este libro les da nombre. Les da espacio. Les da método. Y les da valor.

El color de la poesía juvenil leonciopradina e identidad cultural es un documento valioso tanto para la comunidad educativa del país como para la familia leonciopradina en general. Para el lector académico ofrece una investigación sólida; para el escritor, una experiencia estética en gestación; y para el excadete, una memoria compartida, un espejo, un recordatorio de que incluso en la formación más rígida florecen la sensibilidad, el arte y la palabra.

jueves, 13 de noviembre de 2025

LENIN HEREDIA NOS MINTIÓ: EL AUTOR DE ´NADA NOS UNE´ SÍ CREE EN LOS VÍNCULOS HUMANOS (por Nando Vaccaro)

 Por Nando Vaccaro Talledo - noviembre, 2025.

«Becky ha muerto». Así empieza la novela más reciente de Lenin Heredia. Una apuesta sorprendente, pues asume el reto de un pacto con el lector: te adelanto desde las primeras líneas lo que va a suceder, pero a cambio me darás la oportunidad de quedarte conmigo página tras página para saber cómo sucedió y por qué. Y yo considero que, en efecto, la apuesta de Lenin ha sido exitosa: es una novela que te mantiene en vilo de principio a fin, con un realismo crudo y descarnado que logra conectar con las fibras más íntimas de cada lector, pues algún pasaje de la historia, alguna característica de un personaje o un pensamiento indebido te tocará en lo más profundo de tu ser.

En la contraportada del libro se nos adelanta que Nada nos une “es una novela acerca de las pérdidas imposibles, los cuerpos vigilados y las heridas que el tiempo no llega a cerrar”. Sin embargo, la ambición novelística del autor ha logrado sacar una radiografía de cuerpo completo a nuestra sociedad actual, maniatada no sólo por la violencia sino también por la irrupción de la tecnología, por ese sometimiento a las pantallas que nos hace perder vitalidad y empatía; y, en el caso de la protagonista, hasta la propia vida.

Nada nos une nos interpela desde el título: vivimos actualmente hiperconectados a través de las redes sociales en nuestros dispositivos tecnológicos, aunque muchas veces no sabemos qué está pasando con nuestra propia familia; ni siquiera miramos a los ojos cuando conversamos personalmente porque nuestras cabezas siempre están ancladas a la pantalla.

Como bien ha escrito Horacio Hidalgo para Círculo de lectores, Nada nos une está narrada desde la perspectiva de tres personajes; y desde estos puntos de vista el narrador omnisciente nos refiere la historia de la adolescente, “a quien el lector solo podrá conocer en la medida en que su recorrido vital, y por lo tanto su muerte, afecte la vida de los que la conocieron”.

En cuanto a su tono y forma narrativa, se evidencia un trabajo de artesanía depurada: oraciones cortas y yuxtapuestas que preparan el clima tenso y trepidante que recorre casi toda la novela. El autor emplea una prosa sobria, precisa y fragmentaria, lo que ya se ha consolidado en una impronta de Lenin, quien ha sabido orquestar una banda sonora narrativa que combina elementos de percusión con acercamientos emotivos al corazón de cada personaje; y como contrabajo, una voz de alejamiento para relatar, con el mayor grado de objetividad, la fatalidad que los desvela.  

Coincido con John Valle, quien, en el blog El hablador, a propósito de Nada nos une, señaló: “el recurso dialógico es una herramienta muy bien aprovechada que contribuye a la presentación de los personajes a través de sus actos cotidianos”. Yo también juzgo que uno de los grandes logros de Lenin, y que seguramente le habrá causado varias noches de insomnio, ha sido la creación de sus personajes, cuidadosamente delineados y caracterizados con una verosimilitud impresionante.

Y a propósito de los personajes, una confidencia grata y evidente para los lectores de Lenin Heredia es que esta novela dialoga con su antecesora Morir en mi ley. En ambas hay una búsqueda por diseccionar la violencia. Los personajes quedan atrapados, subyugados a sus propias decisiones, como si estuvieran atados a la misma piedra de la insensatez. A mi modo de ver, las aproximaciones temáticas entre estas obras no son redundantes ni excluyentes la una de la otra; por el contrario, las dos novelas confluyen hacia la reflexión sobre el dolor y la memoria.

 

LENIN HEREDIA PRESENTÓ NADA NOS UNE  EN SU TIERRA, PIURA 

Para quienes residimos en Piura, ha sido muy grato que el autor regrese a su tierra para presentar su última producción literaria. Gracias al dinamismo de los presentadores, y a la intromisión de este servidor con un par de preguntas tangenciales, hemos logrado profundizar en el análisis de las temáticas que propone la novela. Para Crisanto Pérez, catedrático de la UDEP, Nada nos une deja en evidencia que, con las opciones y fines que puede tener un celular, “a diferencia de lo que usualmente creíamos, ahora la casa ya no es un lugar seguro”. Un escenario similar al que acudimos a través de la serie Adolescencia, cuyas repercusiones analicé hace unos meses: https://lapalabrabrota.blogspot.com/2025/04/repercusiones-de-la-serie-adolescencia.html

Uno de los temas que construye esta novela es el duelo, ese agudo dolor ante la pérdida irreparable de un ser querido; una tormenta por la cual hemos atravesado todas las personas en algún momento, pues la muerte forma parte de la vida, aunque siempre sea difícil hablar de ello. “Por eso”, nos dice el autor, “creo que una de las funciones que tiene la literatura es abordar esos temas que son complejos de hablar”.

Durante la presentación, Lenin no sólo compartió la mesa de honor con Crisanto Pérez, sino también con la docente y escritora Ana Belén Inga, quien propuso la lectura de Nada nos une para los adolescentes y jóvenes. Le pregunté al autor si creía que los padres, docentes y las instituciones educativas considerarían la lectura de su obra, teniendo en cuenta los recelos y prejuicios que existen precisamente de tratar temas tan sensibles, pero, por lo mismo, imprescindibles. Al respecto, el autor indicó que “con una guía de lectura adecuada se puede acompañar al abordaje de esta obra y sus temas”.

En la parte final de la presentación, Lenin nos confesó: “Yo sí creo que todo nos une”, aunque el título de su novela sugiera lo contrario. Para él, las personas sí buscamos unirnos y construir vínculos, muy a pesar de que sea complicado en la actualidad. “El título de la novela es una provocación”, nos reveló. Lo mismo que decir, una invitación seductora a la lectura que se ampara en una estrategia literaria.  

Recuerdo que Facundo Cabral decía: “la vida es el arte del encuentro”, y que estamos (o deberíamos estar) en constante movimiento, que nada es permanente. Lenin parece haber conversado sobre esto con el cantautor argentino; y ya sea por la sensibilidad propia de todo artista o por la curiosidad de su vertiente investigadora, nos comentó que él siempre tiene “la percepción de que están pasando muchas cosas al mismo tiempo, y eso he querido plasmar en todo momento”. Y lo ha logrado: las atmósferas situacionales y los escenarios que pueblan la historia están revestidos por los detalles minuciosos de un arquitecto de la palabra.

En definitiva, con Nada nos une Lenin Heredia nos demuestra el caudal inagotable de su talento creativo, que ahora lo ubica como uno de los referentes de la narrativa peruana; y que el género novelístico, como bien ha referido Juan José Millás, sigue siendo una “forma de resistencia”, una representación del arte que reivindica la memoria y la imaginación.   

 



lunes, 29 de septiembre de 2025

EL ROL SOCIAL DE UN LEONCIOPRADINO (Por Nando Vaccaro Talledo)

 Por Nando Vaccaro Talledo – septiembre 2025

Garbo, porte y caballerosidad son algunos de los atributos que distinguen a un cadete leonciopradino; además, por supuesto, de ser paradigma de disciplina, moralidad y trabajo: valores intrínsecos de nuestra formación.

Si hay algo que la patria hoy nos demanda, es ser coherentes con lo que decimos. Para un hombre que ha tenido el honor de ser parte del Colegio Militar Leoncio Prado, la responsabilidad como ciudadano es aún mayor. Decir que hemos pertenecido a la institución más emblemática del Perú no basta: no hace que las cosas funcionen ni que el respeto se ejerza en las calles.

Debemos usar el uniforme aun sin tenerlo puesto; nuestras acciones son el reflejo de esa llama que sigue encendida en nuestro pecho. Y para avivarla y llenarnos de gloria, nos corresponde ser los abanderados, demostrando nuestro talante altruista. Porque, no lo olvidemos: "se comanda con el ejemplo".

El rol y grado de involucramiento de un excadete en la sociedad actual, desde una perspectiva de identidad institucional, valores formativos y compromiso cívico, es trascendental. En tiempos de incertidumbre y desafíos sociales, los leonciopradinos tenemos la responsabilidad de ser referentes morales y agentes constructivos. La formación recibida nos ha otorgado no solo herramientas para sobresalir individualmente, sino también el deber de contribuir activamente a una sociedad más justa, disciplinada y solidaria.

Emblemático cadete de la II promoción, Duilio Poggi.
Murió por defender el honor de una mujer.

Sin embargo, a veces se pierde la brújula de lo que somos, y se navega sobre aguas turbulentas, en medio de comportamientos turbios y acciones borrascosas. Olvidamos de qué estamos hechos, y muchos suelen degradarse a sí mismos, siendo parte del problema, normalizando la corrupción, y hasta enturbiando las aguas que deberán surcar nuestros sucesores, e incluso nuestros propios hijos.

En la coyuntura que atraviesa el país —en medio de una degradación de valores y donde la impunidad señorea en casi todos los ámbitos—, nuestra sociedad necesita fortalecerse a través de las máximas leonciopradinas: “disciplina, moralidad y trabajo”; pero no para que sean dichas en un desfile o leídas en un texto, sino para vivirlas, enmendar la plana y retomar el timón de un destino que todos nos merecemos.

¡Alto el pensamiento! Sí, siempre. Pero hagámonos dignos del nombre que lleva nuestra institución. Hagámonos dignos de ser ciudadanos peruanos de bien, ejemplos para nuestras familias y estandartes de una nación que nos reclama —hoy más que nunca— actuar con integridad y convicción.

 

 

lunes, 15 de septiembre de 2025

La metamorfosis de Kafka (Por Valeria Rodríguez Vilela)

 Por Valeria Rodríguez Vilela - septiembre 2025


Kafka publicó La metamorfosis cuando vivía en Praga, entonces parte del Imperio austrohúngaro, en 1915, durante la primera guerra mundial, en un escenario de vicisitudes sociales y problemas económicos para la familia del escritor checo, quien, a sus 32 años, tenía dificultades en las relaciones interfamiliares, especialmente con su padre, lo cual motivó en Kafka la escritura de extensas cartas en las que expresaba su rechazo hacia la figura autoritaria y déspota de su progenitor. En el siguiente extracto podemos comprender lo que sentía el joven Franz: “Yo, flaco, débil, enjuto; tú, fuerte, grande, ancho. Ya en la caseta me sentía miserable, y no sólo frente a ti, sino ante el mundo entero, porque tú eras para mí la medida de todas las cosas”.

En esta obra literaria se narra la transformación de Gregorio Samsa, un comerciante de telas encargado de mantener económicamente a su familia. La historia comienza una mañana cuando Gregorio se despierta, “tras un sueño intranquilo”, convertido en un insecto. Su primera reacción es de ansiedad, no tanto por su apariencia y estado actual como por la necesidad de asistir al trabajo, pues debe saldar una deuda con su jefe lo antes posible.

La familia está preocupada porque Gregorio no ha salido de su cuarto para ir al trabajo, como normalmente lo hace. En ese ínterin, llega a la casa un representante de la empresa donde él labora. Desde afuera del cuarto, el visitante trata de persuadir a su empleado para que salga y se reincorpore a sus labores. Gregorio quiere responder que se encuentra bien; sin embargo, por su transformación le resulta imposible darse a entender, porque lo único que emite son sonidos extraños, propios de esa especie.

Horas después, con sus familiares ya angustiados, la visita del principal de la empresa propicia el descubrimiento del gran insecto que se encuentra dentro de cuatro paredes. La reacción de la familia es de rechazo; sus actitudes violentas y denigrantes hacia Gregorio hacen que él crea que es un monstruo. En este punto resulta irónico patentizar cómo aquellos que supuestamente lo aman y respetan por ser el proveedor del hogar, ahora, en un momento de angustia y desesperación, le dan la espalda. Con el pasar de los días el deseo por deshacerse de él aumentan; el dinero escasea y la comida se agota, mientras sus padres y la hermana buscan formas para subsistir sin él.

En esta obra, una de las más influyentes de la literatura universal, el autor explora temas sociales que siguen siendo relevantes hoy en día. El “valor” de un individuo reside en su capacidad de trabajo y generación de ganancias, subyugado a un sistema económico capitalista. La monotonía y el trabajo alienante revelan que Gregorio sólo vivía para trabajar, atrapado en una rutina sin satisfacción personal, y es deshumanizado al convertirse en un insecto y perder el rol de productividad que la sociedad le exige. 

Kafka utiliza la metamorfosis de Gregorio como una alegoría de la alienación y la pérdida de identidad. Samsa no tiene amigos ni pareja, y su falta de autoestima deviene en una enajenación total de las relaciones humanas. Gregorio acepta su transformación sin preguntarse por qué ocurrió, o cuál es el sentido de ese suceso. A medida que avanza el relato, el sentimiento de culpa y la frustración lo conducen a su propia autodestrucción. En consonancia con esto, la estructura sencilla de la novela contrasta con la complejidad emocional que experimenta el personaje central, un punto clave en la obra que a los lectores nos lleva a recapacitar sobre la búsqueda de sentido de pertenencia en un mundo indiferente.

Este clásico de la literatura universal también nos permite reflexionar sobre la denominada cultura de descarte y su incidencia en la salud mental. Esta “cultura” se evidencia en el rechazo que sufre Gregorio, puesto que, al no cumplir con los requisitos que impone la sociedad, el individuo es sistemáticamente descartado y marginado. El mismo Kafka padecía de depresión y tenía dificultades en sus relaciones interpersonales, lo que propiciaba en él la pérdida de interés para relacionarse socialmente; y estos “demonios” del autor fueron plasmadas en los personajes de sus relatos.  

La trascendencia de su obra es de tal magnitud, que Franz Kafka se encuentra en el olimpo de escritores cuyo apellido ha dado origen a un nuevo término en todos los grandes idiomas. Decir que algo es “kafkiano” se entiende como sinónimo de lo absurdo y angustiante, de atravesar una situación opresiva y hasta irracional, como las que describía Kafka en sus creaciones literarias. Hoy más que nunca la obra de este autor universal cobra relevancia para entender el mundo en el que coexistimos, alienados por la intrusión de las redes sociales, la burocracia agobiante en el Estado, la preponderancia de la apariencia por encima de los valores y la gran fragilidad en los vínculos familiares.