“La educación no cambia el mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo.”
Paulo FreireNota del autor
Este ensayo también surge en el contexto del curso Seminario de Problemática Educativa del Doctorado en Educación, pero representa un paso distinto: pasar de la reflexión teórica al análisis concreto. En el texto anterior exploré el sentido filosófico de educar para la libertad; en el presente, me pregunto si el sistema educativo peruano responde realmente a ese ideal. El ensayo parte de una sospecha: existe una contradicción estructural entre el discurso democrático que declara formar ciudadanos críticos y las prácticas efectivas que priorizan competencia, selección y adaptación funcional. Este trabajo no busca descalificar, sino comprender críticamente. Tampoco pretende ofrecer soluciones utópicas, sino abrir una discusión necesaria sobre el tipo de sociedad que estamos formando a través de nuestra escuela.
Nando Vaccaro Talledo – febrero, 2026
LA PROMESA ESCRITA EN PAPEL
Pero la vida escolar no transcurre en el papel. Transcurre en aulas donde el tiempo apremia, en cuadernos llenos de apuntes que pocas veces se discuten, en estudiantes que pronto descubren que el acceso a la universidad depende más de la velocidad memorística que de la deliberación reflexiva. Ahí aparece la sospecha.
UN DIAGNÓSTICO QUE NO ES SOLO TÉCNICO
El Perú ha ampliado el acceso a la educación en las últimas décadas. Sin
embargo, la expansión no ha eliminado las desigualdades estructurales. Las
evaluaciones PISA 2022 muestran que el país continúa por debajo del promedio de
la OCDE [Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos] en
lectura, matemática y ciencias (OECD, 2023). Las brechas entre zonas urbanas y
rurales, así como entre instituciones públicas y privadas, siguen siendo
profundas. Pero el problema no es únicamente cuantitativo. Es conceptual.
El Currículo Nacional propone un enfoque por competencias que busca superar el memorismo y promover capacidades complejas (MINEDU, 2016). No obstante, el sistema de ingreso a muchas universidades públicas continúa basado en exámenes altamente competitivos y acumulativos. El mensaje implícito es inequívoco: lo que realmente importa no es la deliberación, sino la selección.
Así, la escuela vive en tensión permanente. Se habla de procesos, pero se premian resultados. Se promueve reflexión, pero se impone rapidez. Se invoca ciudadanía, pero se consolida competencia. Pierre Bourdieu (1997) advirtió que la escuela no es neutral: reproduce capital cultural. En una sociedad desigual, quienes poseen mayores recursos simbólicos parten con ventaja. La meritocracia, entonces, no corrige la desigualdad; muchas veces la legitima. En nombre de la inclusión, además, el rigor académico se ha debilitado en ciertos contextos. No se trata de exigir autoritariamente, sino de reconocer que sin exigencia intelectual tampoco hay emancipación. Entonces, el problema no es solo de infraestructura o presupuesto. Es de coherencia.
EL CORAZÓN FILOSÓFICO: QUÉ SIGNIFICA EDUCAR
Fernando Savater (1997) sostuvo que la educación democrática no debe
formar especialistas prematuros, sino ciudadanos capaces de elegir. Elegir
implica comprender, comparar, deliberar y asumir responsabilidad. No es un acto
automático; es una práctica de libertad. Paulo Freire (1970) fue más radical:
denunció la “educación bancaria”, aquella que deposita contenidos en sujetos
pasivos. Para él, educar es siempre un acto político. O se reproduce el orden
existente o se abre la posibilidad de transformarlo.
En el contexto peruano, la pregunta es incómoda: ¿la escuela fomenta conciencia crítica o administra adaptación funcional? ¿Forma sujetos capaces de cuestionar la desigualdad o individuos que aprenden a sobrevivir en ella?
Martha Nussbaum (2010) advirtió que las democracias contemporáneas están tentadas de reducir la educación a su utilidad económica. Cuando el éxito educativo se mide exclusivamente por empleabilidad, las humanidades se debilitan y con ellas la imaginación moral necesaria para la vida democrática. Por su parte, Hannah Arendt (1961) recordaba que educar es asumir responsabilidad por el mundo que heredamos y que entregamos a las nuevas generaciones.
Pero hay una dimensión que a menudo queda relegada en estos debates: la dimensión afectiva. Alejandro Cussianovich, desde su propuesta de la pedagogía de la ternura, plantea que educar no es únicamente formar conciencia crítica ni desarrollar competencias cognitivas, sino reconocer al otro como sujeto digno, portador de historia, fragilidad y potencia. La ternura, en este enfoque, no es sentimentalismo ni concesión blanda; es una ética de la relación. Supone reconocer que la autoridad pedagógica no se funda en la imposición, sino en el respeto profundo por la humanidad del educando.
En sociedades marcadas por la desigualdad y la violencia simbólica, como la peruana, la pedagogía de la ternura introduce un elemento decisivo: la escuela puede convertirse en espacio de reconocimiento y cuidado, no solo de evaluación y competencia. Si la educación democrática busca formar sujetos capaces de elegir, esa capacidad no se construye únicamente mediante argumentación racional, sino también a través de vínculos que afirmen la dignidad y la autoestima.
Desde esta perspectiva, educar es también aprender a mirar al otro sin reducirlo a rendimiento. Es comprender que no hay ciudadanía posible sin reconocimiento mutuo. La libertad, entonces, no se forma solo en el ejercicio del pensamiento crítico, sino en la experiencia de ser tratado como sujeto. Educar, en suma, no es solo capacitar. Es ensanchar la conciencia y humanizar la relación.
UNA PROPUESTA POSIBLE (SIN UTOPÍAS GRANDILOCUENTES)
No se trata de desmontar el sistema ni de prometer revoluciones
imposibles. Se trata de coherencia gradual. Una educación democrática peruana
contemporánea debería: articular el enfoque por competencias con sistemas de
evaluación coherentes; recuperar el rigor académico sin caer en autoritarismos;
fortalecer la formación docente en pensamiento crítico real; reducir brechas
territoriales mediante inversión sostenida; reafirmar la educación ética y
cívica como eje transversal.
Educar para elegir, como propone Savater, implica formar criterio; educar para la libertad, como plantea Freire, exige diálogo auténtico; educar para la democracia, como defiende Nussbaum, requiere imaginación moral. Educar con responsabilidad, como advertía Arendt, supone cuidar el mundo común. Nada de esto es abstracto. Es institucional, gradual y posible.
LA DECISIÓN PENDIENTE
La educación peruana se encuentra en una encrucijada. Puede consolidar
una lógica donde la competencia individual se convierte en horizonte y la
adaptación en virtud. O puede asumir con coherencia su discurso democrático y
apostar por la formación de sujetos capaces de elegir, deliberar y transformar.
No se trata de negar el valor del trabajo ni del mercado. Se trata de no
reducir la educación a ellos.
Una escuela que solo prepara para competir forma individuos aislados. Una escuela que enseña a elegir forma ciudadanos. La pregunta decisiva no es cuánto sabemos, sino para qué sabemos. No es cuántos ingresan, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo con ellos. Porque, al final, toda educación revela una apuesta antropológica y sociológica: o creemos que el ser humano está destinado a adaptarse al mundo tal como es, o creemos que puede comprenderlo lo suficiente como para discutirlo y transformarlo. Y esa decisión, además de pedagógica, es profundamente democrática.
Referencias
Arendt, H. (1961). Between
past and future. Viking
Press.
Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción.
Anagrama.
Cussianovich, A. (2009). Aprender la condición humana. Ensayo sobre
pedagogía de la ternura. IFEJANT.
Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.
Ley General de Educación, Ley N.º 28044 (2003). Congreso de la República
del Perú.
Ministerio de Educación del Perú. (2016). Currículo Nacional de la
Educación Básica. MINEDU.
Ministerio de Educación del Perú. (2023). Estadísticas de la calidad
educativa. MINEDU.
Nussbaum, M. (2010). Sin fines de lucro. Por qué la democracia
necesita de las humanidades. Katz.
OECD. (2023). PISA 2022 Results. OECD Publishing.
Savater, F. (1997). El valor de educar. Ariel.
Vargas Llosa, M. (2011). La verdad de las mentiras. Alfaguara.



















