Por Nando Vaccaro Talledo – abril, 2026
No es casual que el género tenga su origen en Michel de
Montaigne, quien hace cinco siglos llamó “ensayos” a sus textos porque en ellos
intentaba comprender el mundo y a sí mismo. No escribía desde la certeza, sino
desde la exploración. Ensayar era, para él, atreverse a pensar sin garantías. (1). Esa tradición continúa
en autores como Jorge Luis Borges, Octavio Paz o nuestro premio Nobel, Vargas
Llosa, quienes hicieron del ensayo una forma de reflexión profunda, pero
también de estilo. En ellos, la idea y la escritura avanzan juntas: pensar bien
implica también decir bien.
Conviene detenerse en un punto clave: tener una opinión no es
lo mismo que escribir un ensayo. Todos opinamos, a cada momento, sobre lo que
nos rodea. Pero el ensayo exige algo más que una reacción inmediata. Exige
desarrollar una idea, sostenerla y darle forma. Decir “leer es importante” no
basta. En cambio, intentar explicar por qué leer importa, en qué medida
transforma nuestra manera de ver el mundo o qué tipo de experiencias nos
permite vivir, ya nos acerca al terreno del ensayo. Allí aparece el argumento,
el ejemplo, la reflexión.
El ensayo no pide perfección, pero sí honestidad intelectual.
No se trata de tener siempre la razón, sino de esforzarse por pensar con
claridad. Y pensar con claridad implica revisar lo que decimos, ordenar
nuestras ideas y encontrar las palabras justas. A menudo se cree que escribir
bien consiste en usar un lenguaje complicado. Sin embargo, ocurre lo contrario:
escribir bien es lograr que otro entienda lo que pensamos y, más aún, que
sienta que vale la pena entenderlo. La claridad no es una simplificación, sino
una conquista.
En ese sentido, el ensayo es también una herramienta
formativa. Permite defender una postura, cuestionar lo que parece evidente y
explorar preguntas que no tienen respuestas únicas. Pero, sobre todo, permite
construir una voz propia. Porque cuando alguien escribe un ensayo deja de
limitarse a repetir lo que otros han dicho y empieza a elaborar una mirada
personal. Y esa capacidad —la de pensar por cuenta propia y expresarlo con
sentido— es una de las más valiosas que se pueden desarrollar.
Tal vez por eso convenga insistir en una idea final: el
ensayo no debería reducirse a un ejercicio escolar. Es, más bien, una forma de
situarse frente al mundo. No importa tanto la extensión del texto como la
calidad de la reflexión que contiene. Escribir un ensayo es, en última
instancia, intentar decir algo que valga la pena. Y en ese intento —si es
auténtico— no solo se construye un texto, sino también una forma de pensar.
Diferencia entre ensayo literario y ensayo académico:
El ensayo literario y el ensayo académico no son dos
versiones de lo mismo, sino que responden a lógicas distintas de escritura y
pensamiento. El ensayo literario —tradición que inicia Michel de Montaigne— es
una exploración personal de una idea. Su rasgo central es la voz: quien escribe
piensa en la página, duda, asocia, interpreta. No busca demostrar una verdad
definitiva, sino abrir una reflexión; la estructura es flexible; el lenguaje
tiene valor estético: importa tanto lo que se dice como cómo se dice; puede
apoyarse en referencias culturales, pero no depende de un aparato formal de citas.
En cambio, el ensayo académico responde a una lógica de
investigación: su objetivo es demostrar o sostener una tesis con argumentos
verificables; tiene una estructura más rígida (introducción, marco teórico,
desarrollo, conclusiones); exige citas, fuentes y normas (APA, MLA, etc.); la
voz personal está más controlada: importa la claridad y la precisión antes que
el estilo.
Dicho de forma directa: el ensayo literario explora una idea
desde una voz propia;el ensayo académico demuestra una idea con respaldo metodológico. Otra manera
útil de explicarlo: el ensayo literario pregunta: ¿qué
pienso sobre esto y cómo lo entiendo? El académico responde: ¿qué se ha
dicho sobre esto y cómo lo puedo sustentar?
Debe quedar claro que ambos requieren pensamiento y rigor,
pero el tipo de rigor cambia. En uno, el énfasis está en la originalidad y la
forma de decir; en el otro, en la validez y el respaldo de lo que se afirma. Entender
esta diferencia evita un problema frecuente: escribir ensayos a medio camino,
que ni desarrollan una voz propia ni cumplen con las exigencias académicas.
Cada tipo de ensayo pide, en realidad, una manera distinta de escribir y de
pensar.
(1) Montaigne tituló sus textos Essais (del francés essayer: intentar, probar). Con ello no solo bautizó el género, sino que definió su naturaleza: el ensayo no es un discurso cerrado, sino una exploración, un intento de comprender algo. Antes de Montaigne existían tratados filosóficos, discursos morales o textos académicos, pero no esta forma híbrida, personal y reflexiva. Él introduce algo decisivo: “el yo que piensa en la página”. En sus textos aparecen ya las características que hoy asociamos al ensayo: subjetividad (una voz personal); libertad estructural; mezcla de reflexión, anécdota y cultura, además de cuidado del estilo. Se le considera el padre del ensayo porque convirtió la escritura en un espacio de exploración personal: no escribía para afirmar verdades, sino para entender lo que pensaba.

