jueves, 23 de abril de 2026

PENSAR POR ESCRITO: EL SENTIDO DEL ENSAYO LITERARIO (para estudiantes de secundaria) Por Nando Vaccaro

 Por Nando Vaccaro Talledo – abril, 2026

Quisiera empezar con una pregunta sencilla: ¿cuántas veces hemos tenido una idea clara en la cabeza, pero no hemos sabido cómo explicarla? Esa distancia entre lo que pensamos y lo que logramos decir es más común de lo que parece. Y, en buena medida, allí nace el ensayo literario. El ensayo no es un texto para repetir información ni para cumplir una tarea escolar. Tampoco es una acumulación de palabras difíciles o una opinión lanzada al aire. El ensayo es, ante todo, una forma de pensar por escrito. Es un espacio donde las ideas se prueban, se ordenan y se afinan.

No es casual que el género tenga su origen en Michel de Montaigne, quien hace cinco siglos llamó “ensayos” a sus textos porque en ellos intentaba comprender el mundo y a sí mismo. No escribía desde la certeza, sino desde la exploración. Ensayar era, para él, atreverse a pensar sin garantías. (1). Esa tradición continúa en autores como Jorge Luis Borges, Octavio Paz o nuestro premio Nobel, Vargas Llosa, quienes hicieron del ensayo una forma de reflexión profunda, pero también de estilo. En ellos, la idea y la escritura avanzan juntas: pensar bien implica también decir bien.

Conviene detenerse en un punto clave: tener una opinión no es lo mismo que escribir un ensayo. Todos opinamos, a cada momento, sobre lo que nos rodea. Pero el ensayo exige algo más que una reacción inmediata. Exige desarrollar una idea, sostenerla y darle forma. Decir “leer es importante” no basta. En cambio, intentar explicar por qué leer importa, en qué medida transforma nuestra manera de ver el mundo o qué tipo de experiencias nos permite vivir, ya nos acerca al terreno del ensayo. Allí aparece el argumento, el ejemplo, la reflexión.

El ensayo no pide perfección, pero sí honestidad intelectual. No se trata de tener siempre la razón, sino de esforzarse por pensar con claridad. Y pensar con claridad implica revisar lo que decimos, ordenar nuestras ideas y encontrar las palabras justas. A menudo se cree que escribir bien consiste en usar un lenguaje complicado. Sin embargo, ocurre lo contrario: escribir bien es lograr que otro entienda lo que pensamos y, más aún, que sienta que vale la pena entenderlo. La claridad no es una simplificación, sino una conquista.

En ese sentido, el ensayo es también una herramienta formativa. Permite defender una postura, cuestionar lo que parece evidente y explorar preguntas que no tienen respuestas únicas. Pero, sobre todo, permite construir una voz propia. Porque cuando alguien escribe un ensayo deja de limitarse a repetir lo que otros han dicho y empieza a elaborar una mirada personal. Y esa capacidad —la de pensar por cuenta propia y expresarlo con sentido— es una de las más valiosas que se pueden desarrollar.

Tal vez por eso convenga insistir en una idea final: el ensayo no debería reducirse a un ejercicio escolar. Es, más bien, una forma de situarse frente al mundo. No importa tanto la extensión del texto como la calidad de la reflexión que contiene. Escribir un ensayo es, en última instancia, intentar decir algo que valga la pena. Y en ese intento —si es auténtico— no solo se construye un texto, sino también una forma de pensar.

 

Diferencia entre ensayo literario y ensayo académico:

El ensayo literario y el ensayo académico no son dos versiones de lo mismo, sino que responden a lógicas distintas de escritura y pensamiento. El ensayo literario —tradición que inicia Michel de Montaigne— es una exploración personal de una idea. Su rasgo central es la voz: quien escribe piensa en la página, duda, asocia, interpreta. No busca demostrar una verdad definitiva, sino abrir una reflexión; la estructura es flexible; el lenguaje tiene valor estético: importa tanto lo que se dice como cómo se dice; puede apoyarse en referencias culturales, pero no depende de un aparato formal de citas.

En cambio, el ensayo académico responde a una lógica de investigación: su objetivo es demostrar o sostener una tesis con argumentos verificables; tiene una estructura más rígida (introducción, marco teórico, desarrollo, conclusiones); exige citas, fuentes y normas (APA, MLA, etc.); la voz personal está más controlada: importa la claridad y la precisión antes que el estilo.

Dicho de forma directa: el ensayo literario explora una idea desde una voz propia;el ensayo académico demuestra una idea con respaldo metodológico. Otra manera útil de explicarlo: el ensayo literario pregunta: ¿qué pienso sobre esto y cómo lo entiendo? El académico responde: ¿qué se ha dicho sobre esto y cómo lo puedo sustentar?

Debe quedar claro que ambos requieren pensamiento y rigor, pero el tipo de rigor cambia. En uno, el énfasis está en la originalidad y la forma de decir; en el otro, en la validez y el respaldo de lo que se afirma. Entender esta diferencia evita un problema frecuente: escribir ensayos a medio camino, que ni desarrollan una voz propia ni cumplen con las exigencias académicas. Cada tipo de ensayo pide, en realidad, una manera distinta de escribir y de pensar.

Con los estudiantes de 4to. año de la I.E. Santísima Cruz, de Chulucanas (Piura), compartiendo el contenido de este ensayo, y firmándole los ejemplares de mi novela Los amigos de junto al mar, que leerán en las próximas semanas. 

(1) Montaigne tituló sus textos Essais (del francés essayer: intentar, probar). Con ello no solo bautizó el género, sino que definió su naturaleza: el ensayo no es un discurso cerrado, sino una exploración, un intento de comprender algo. Antes de Montaigne existían tratados filosóficos, discursos morales o textos académicos, pero no esta forma híbrida, personal y reflexiva. Él introduce algo decisivo: “el yo que piensa en la página”. En sus textos aparecen ya las características que hoy asociamos al ensayo: subjetividad (una voz personal); libertad estructural; mezcla de reflexión, anécdota y cultura, además de cuidado del estilo. Se le considera el padre del ensayo porque convirtió la escritura en un espacio de exploración personal: no escribía para afirmar verdades, sino para entender lo que pensaba.

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