lunes, 15 de agosto de 2016

ROMPIENDO LAS CADENAS DEL MACHISMO

Por Nando Vaccaro Talledo – Agosto 2016

Hay quienes dicen que las marchas no sirven, que si no hay educación las cosas no van a cambiar ni mejorar. Esto último es cierto: la educación es la base de todo desarrollo, no solo del económico sino también del moral y del espiritual, que tanta falta hace en la sociedad peruana para cultivar valores y desterrar al egoísmo y la corrupción. Sin embargo, considero que las marchas de protesta, reclamo o descontento son el inicio de la solución porque reflejan que las personas ya no se están quedando calladas, y por lo tanto ya no están siendo cómplices del maltrato y los delitos.

Concertar un encuentro colectivo en la marcha ¡Ni una menos! y pronunciarse pública y abiertamente es un augurio positivo porque eso significa que se están doblegando a los fantasmas del miedo, de la opresión, que ya es hora de decir basta porque se puede y se debe vivir mejor, en paz y armonía. Este acontecimiento debe marcar un precedente para que las mujeres no callen ni guarden el sufrimiento, para que los operadores de justicia sean más sensatos en sus fallos y sobre todo para tomar conciencia, tanto quienes se someten al hombre agresor como ese hombre que maltrata; sobre todo este último que no debe victimizarse ni justificar sus actos.

Antes de salir cobardemente tratando de justificar sus actos de maldad (como el agresor de Arlette Contreras, Adriano Pozo, puesto en libertad en un fallo increíble que solo contempla las heridas físicas, y se olvida que la parte psicológica y emocional puede dejar secuelas difíciles de curar) lo que debe hacer es evitarlos, descargar su frustración en algo, no en alguien, saliendo a hacer deporte, buscando ayuda a través de profesionales de la salud mental, encontrando a dios, es decir al mismísimo amor, y, por supuesto, educándose más porque en el ser humano la capacidad de desarrollo y evolución se consigue de manera más avanzada a través de la educación. Un hombre educado tendrá más herramientas y salidas para no llegar al extremo de herir o quitarle la vida a una mujer.

Es momento de romper las cadenas del machismo, de la ignorancia, de la insensatez y la falta de amor y respeto al prójimo que hace que los hombres actúen peor que animales salvajes, de la estupidez que significa transmitir de generación en generación que la mujer es un objeto sexual, que sea ella el saco de box donde se descargan las penas y frustraciones, que sus oídos reciban insultos y críticas como si fueran robots sin sentimientos a quienes no les afectará una sarta de agravios, y se olvidan que son nuestras madres, esposas, hijas, hermanas o amigas quienes reciben esos insultos como latigazos que van destrozando sus tiernas almas.

Es  hora de poner fin a todas las guerras y acompañar a la mujer tras el acto noble de la procreación. Porque si los hombres van a las guerras y las mujeres se quedan en casa, entonces la vida ya no podría continuar. Ahora deben estar los dos en el hogar, el hombre acompañando y cuidando a la mujer, y ambos construyendo la familia que resulta la mejor inversión que se pueda realizar, puesto que es y seguirá siendo por siempre, como nos enseñan en el colegio, “la célula básica de la sociedad”. Puede haber familias que no sean “perfectas”, o constituidas según lo deseable (es decir, papá, mamá e hijos). Pero en una familia es inexorable la presencia de una mujer, pues sin ella la vida no podría empezar.

Si aún con las cadenas rotas, la toma de conciencia, la educación, y la libertad que ofrece un estado democrático sigue habiendo hombres tercos e insensibles entonces deberá caerles todo el peso de la ley, sin contemplaciones, sabiendo que el daño cometido no es solo físico sino emocional y psicológico, y que así como quizás ni una vida entera basten para que una mujer violentada y agredida se recupere de esas heridas profundas, así también deberá ser el castigo a quienes agredan a una mujer, traidores de la vida y del amor porque eso es lo que en verdad representa y vale cada mujer: la vida misma y todo el amor del mundo.