domingo, 2 de marzo de 2025

ESTUDIEMOS PARA APRENDER Y NO SÓLO PARA MEMORIZAR

 Por Nando Vaccaro Talledo – marzo 2025

En medio del auge de la inteligencia artificial, uno de los aspectos que nos diferencia de las máquinas es la conciencia de ser. Para el neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga, puede que llegue el día en que las máquinas “tengan una propia consciencia de su existencia”. ¿Será para bien o para mal? Aún no lo sabemos.

De lo que sí tenemos certeza es que la mayoría de los avances tecnológicos están contribuyendo a mejorar la calidad de vida. El sector educativo es uno de los más favorecidos. En estas líneas no me detendré en los detalles de esos beneficios (que bien puede ser tema para otro artículo), pero sí en un aspecto fundamental a la hora de estudiar. En este sentido, Quian Quiroga es enfático en señalar que “estudiar de memoria” resulta contraproducente para el aprendizaje cognitivo.

Acumular información para un examen sólo podría asegurar una nota aprobatoria (si es que no cambian la fecha de la evaluación, porque ahí habría que resetear y “estudiar de nuevo”), pero no garantiza la construcción de aprendizajes en el largo plazo. “Estudiar de memoria va en contra de lo que es el cerebro”, señala el neurocientífico argentino.

Lo más importante no es repetir datos; de lo contrario, Funes el memorioso, del cuento de Borges, hubiera sido el hombre más inteligente de la historia. La propuesta de Quian Quiroga es focalizar la información esencial y abordar los conocimientos a través de procesos asociativos, para propiciar el desarrollo de las capacidades cognitivas y de entendimiento.


Hace más de 2500 años Aristóteles ya lo había anticipado. El filósofo griego manifestaba que la base de la memoria era similar a la construcción de unos telares, para graficar cómo se construyen los conocimientos en la memoria (y no es casualidad que en literatura hablemos de trama, de nudo, de hilvanar ideas, etc.). Por eso, la mejor manera para dejar una impronta indeleble en la memoria es a través de procedimientos asociativos. Los conocimientos quedan más afianzados cuando se ponen en contexto.  

Un dato curioso, y que seguramente quedará grabado en sus memorias después de saberlo, es que en la antigüedad la memoria era considerada como una de las tres facultades del alma que diferenciaban al ser humano de otras especies, y por ello se le otorgaba un origen divino. Gracias a la ciencia moderna, la memoria se ha entendido como una función del cerebro que no se limita a almacenar el pasado, sino también a constituirse como el soporte de una acción o conducta aprendida. De acuerdo con el catedrático de fisiología, Juan Vicente Sánchez, “la memoria es una función integral del cerebro que conecta cada uno de nuestros actos, y configura nuestro yo en continuidad con nuestra historia, nos permite construir relaciones de causa-efecto y nos dota de cierta capacidad predictiva para construir escenarios posibles a partir de la experiencia”.

Supongamos que hemos aprendido a tomar una movilidad para llegar a nuestro centro de trabajo: hemos memorizado de manera mecánica dónde tomar el vehículo y dónde bajarnos, pero no hemos razonado ni reflexionado sobre otros aspectos, como podría ser que existe otra movilidad más segura y rápida, que es conveniente llevar monedas porque no dan cambio de billetes, que es necesario llevar lentes de sol, etc. Es decir, para que nuestra memoria sea productiva, debemos utilizar la información almacenada y procesarla a través de un razonamiento constante y asociativo, de acuerdo a la realidad cambiante.

AD PORTAS DE INICIAR UN NUEVO AÑO DE CLASES, las interrogantes inevitables son: ¿se continuará con los mismos esquemas de bombardeo de información y datos a los estudiantes? ¿Se seguirá dictando una clase después de otra (de asignaturas y temas diversos) con apenas minutos destinados a socializar y para la recreación? ¿Cuántos de nosotros recordamos las interminables y tediosas clases en épocas escolares?

Lo que nuestros niños y adolescentes necesitan son espacios más adecuados para fomentar en ellos el interés por la investigación; que esas ganas de descubrimiento que afloran en la infancia no se esfumen por el dictado acumulativo de información, que luego resulta improcedente porque apenas si el cerebro retendrá el 10% de lo que se enseñó.

Si hay algo que la neurociencia está demostrando es precisamente que el “bombardeo de información” no es la mejor manera de aprender, porque nuestro cerebro no está diseñado para ello (no funciona como el disco duro de una computadora). Para Rodrigo Quian Quiroga, uno de los aspectos más relevantes de la neurociencia actualmente es que está “reescribiendo la filosofía”. ¿Qué significa esto? Pues, que las grandes preguntas que se hacían los pensadores hace siglos hoy han virado hacia otros elementos, porque los cambios y el contexto exigen replantearse la forma en que vivimos, y la forma como aprendemos. Y en esto también son fundamentales los hallazgos sobre el funcionamiento del cerebro.

Pero, como reza el dicho, “hecha la ley, hecha la trampa”. En este punto sobre estudiar de memoria, muchos dirán: “En los exámenes vienen opciones para marcar, y hay que aprender literalmente, más allá de su razonamiento”. Esto es cierto, como también es cierto que memorizar algunos datos resulta necesario. El problema reside en hacer trabajar al cerebro y sobrecargarlo de información, que luego no será útil en la vida.

La memorización es parte del proceso de estudiar. Siempre hay que retener información cuando se quiere adquirir un conocimiento. A este respecto, recordemos al médico y científico español Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina en 1906, quien manifestaba que los tres mordientes de la memoria son el interés, la emoción y la atención obstinada. Ramón y Cajal utiliza ese término porque en tintorería a las substancias fijadoras de los colores en las telas se les denomina mordientes.

Estos tres fijadores de la memoria permitirán una mayor concentración, reflexión y toma de consciencia, fundamentales en los procesos de estudio y aprendizaje. Sin embargo, y como bien lo recordaba en sus programas el erudito peruano Marco Aurelio Denegri, “la concentración y el estar alertas no son estados normales y habituales del cerebro, que tiende a la dispersión y busca estímulos para distraerse”. Y actualmente, con la proliferación de estímulos visuales y auditivos, resulta una ardua labor estudiar y aprender. Para Denegri, se requiere la sinergia de cuatro elementos para un aprendizaje duradero: tener interés, poner atención, esforzarse y ser perseverante.

Ahora bien, existe una diferencia muy grande entre estudiar razonando y estudiar completamente de memoria. Lo primero también implica la memorización, pero a través de un proceso asociativo y contextualizando, que es la manera adecuada para retener, asimilar y aplicar la información. En cambio, el estudio de memoria consiste únicamente en retener palabras y conceptos para luego repetirlos o escribirlos de manera mecánica, como haría un loro.

La educación tradicional, que ha regido durante el siglo XX, imponía el aprendizaje enciclopédico, aunque sin profundizar en los saberes, y con el objetivo de “aprobar un examen”. Y si bien la memoria ocupa un lugar privilegiado en el proceso de aprendizaje, memorizar no es el equivalente a aprender. Para la licenciada Silvana Cataldo, especialista en innovación educativa, la memoria es una herramienta fundamental para construir aprendizaje, para comprender, pero su verdadero poder se despliega en alianza con otras facetas cognitivas y emocionales, como la atención, la concentración, la motivación y las emociones.

Lo fundamental es comprender que la memoria no es un disco duro para almacenar datos, sino el soporte de todo un tejido activo que permite interconectar información. Y en este punto hay otro factor clave para consolidar un recuerdo: las emociones. Un ambiente educativo ameno, didáctico y estimulante para los estudiantes potenciará la concentración y la atención que pongan, lo cual obviamente favorecerá al entendimiento y razonamiento.

También hay que recordar que cada estudiante tiene preferencias en cuanto a las estrategias y estilos de aprendizaje para recibir la información (auditivo, visual, kinestésico). En ese sentido, la labor del docente ya no debería ser como antes, un simple transmisor de información, sino que ahora su rol radica en ser mediador en los procesos de aprendizaje, promoviendo la participación activa del alumnado y generando los espacios adecuados para que florezca la imaginación y vocación de cada estudiante. Por eso Frederick Dodson señala: “Cambia tu atención y cambiarán tus emociones. Cambia tu emoción y tu atención cambiará de lugar”.

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