Por Nando Vaccaro Talledo - mayo 2026
Desde el enfoque oficial, la
educación básica no tiene como único objetivo el ingreso a la universidad, sino
la formación de ciudadanos capaces de pensar críticamente, resolver problemas
en contextos diversos y participar activamente en la vida social. En esta
línea, diversos marcos pedagógicos contemporáneos han insistido en la necesidad
de superar la enseñanza memorística en favor de aprendizajes significativos y
transferibles. Así, el currículo nacional se orienta hacia la construcción de
competencias, entendidas como la integración de conocimientos, habilidades y
actitudes en situaciones concretas.
No obstante, esta lógica
formativa entra en tensión con los mecanismos de selección universitaria, que
en muchos casos privilegian la rapidez, la precisión y la memorización. Los
exámenes de admisión, especialmente en universidades públicas, responden a un
modelo evaluativo centrado en resultados inmediatos, más que en procesos de
aprendizaje complejos. En este escenario, las academias preuniversitarias
funcionan como dispositivos de adaptación a dicha lógica, orientados más al
entrenamiento para la prueba que al desarrollo integral de competencias.
La consecuencia de esta
desarticulación es doble: se instala la percepción de que la escuela no prepara
adecuadamente para el ingreso a la universidad y se consolida una cultura
educativa paralela que profundiza desigualdades, dado que el acceso a una preparación
preuniversitaria depende de condiciones socioeconómicas.
RELEVANCIA DEL LIDERAZGO
PEDAGÓGICO
En este contexto, el liderazgo
pedagógico adquiere relevancia como estrategia de mejora institucional. Tal
como plantea la Dra. Betty Mendoza de Lama en el marco del Diplomado en Gestión
Escolar con Liderazgo Pedagógico (MINEDU, 2019), el directivo debe asumir un
rol activo en la orientación, acompañamiento y movilización de las prácticas
docentes. Sin embargo, su alcance es limitado si el sistema en su conjunto
mantiene criterios de evaluación divergentes respecto de los propósitos
formativos de la educación básica.
Desde esta perspectiva, el
liderazgo educativo puede entenderse como un proceso dinámico atravesado por
diversas fases emocionales —admiración, desencanto, aceptación y
empoderamiento— que no deben asumirse de manera lineal, sino como un movimiento
de regulación consciente frente a la complejidad institucional. El liderazgo
maduro no reside en la estabilidad emocional, sino en la capacidad de reconocer
estas fases sin quedar atrapado en ellas, articulando cuidado, reflexión
crítica y acción situada en función de la mejora educativa.
En conclusión, la tensión entre
formación por competencias y selección universitaria revela una falta de
coherencia estructural en el sistema educativo peruano. Si bien el liderazgo
pedagógico busca fortalecer la gestión institucional y mejorar los aprendizajes,
sus efectos se ven limitados por la ausencia de articulación entre los
distintos niveles del sistema educativo. Superar esta brecha exige no solo
fortalecer la práctica docente y el rol directivo, sino repensar la relación
entre formación y evaluación en toda la trayectoria escolar, de modo que el
sistema responda a una visión formativa coherente e integrada.
