Por Nando Vaccaro Talledo - septiembre, 2026.
He empezado el tercer ciclo del doctorado en Educación en la Universidad Nacional de Piura. Y el primer curso ha sido una grata sorpresa. Se trata de la asignatura Entornos Virtuales: Herramientas para la Enseñanza y el Aprendizaje, a cargo de la Dra. Rosa Castro Tesén.
Luego de una ardua pero
provechosa jornada académica, he podido replantearme una idea que, aunque
parece evidente, tiene profundas implicancias pedagógicas: la presencia de
tecnología no garantiza por sí misma el aprendizaje. Un espacio virtual
puede contener numerosos archivos PDF, presentaciones, enlaces, videos y
herramientas digitales y, sin embargo, continuar funcionando únicamente como un
repositorio de contenidos. La diferencia fundamental no está en la cantidad de
recursos disponibles sino en la intencionalidad pedagógica con la que estos
se articulan.
El sentido pedagógico de un
EVEA
Esta reflexión estuvo presente
desde la actividad inicial, en la que se compararon dos formas de organizar un
aula virtual. El primer caso mostraba principalmente materiales y recursos; el
segundo incorporaba una ruta de aprendizaje, actividades, interacción,
evaluación y retroalimentación.
Más que una simple elección entre
dos modelos, la discusión permitió comprender que un verdadero Entorno
Virtual de Enseñanza y Aprendizaje (EVEA) surge cuando existe una
experiencia diseñada con sentido pedagógico y orientada hacia los aprendizajes
que se espera alcanzar.
El modelo ADDIE como ciclo de
mejora
En este sentido, una de las ideas
que considero más importantes es el tránsito de la tecnología como recurso
hacia la tecnología como mediación pedagógica. Durante mucho tiempo, la
pregunta podía centrarse en qué herramientas tecnológicas utilizar. Sin
embargo, el diseño de un EVEA exige cambiar el orden de esa pregunta: primero
debemos definir qué necesitan aprender nuestros estudiantes y qué experiencia
de aprendizaje queremos generar; después, decidir qué recursos y tecnologías
pueden contribuir a hacerla posible.
El trabajo con el modelo ADDIE
permitió profundizar esta perspectiva. Analizar, Diseñar, Desarrollar,
Implementar y Evaluar no representan simplemente etapas para completar un
formato, sino una manera sistemática de tomar decisiones pedagógicas.
Especialmente significativa resulta la comprensión de ADDIE como un ciclo de
mejora, en el que cada fase genera evidencias para orientar las decisiones
posteriores. La evaluación, por tanto, no constituye únicamente el final del
proceso: permite regresar al análisis, reconocer lo que funcionó y lo que debe
modificarse, y rediseñar la experiencia.
Del Blueprint a la ruta de
aprendizaje
Esta lógica se hizo más concreta
durante la elaboración del Blueprint del EVEA (un esquena que, debo reconocer, desconocía), aplicado a una
experiencia real de mi práctica docente en el curso Comprensión y Redacción
de Textos 2, que enseño en la Universidad Tecnológica del Perú (UTP). Al
seleccionar las semanas dedicadas a la producción de un texto argumentativo pude visualizar con mayor claridad la importancia de construir una cadena
coherente entre contexto, resultados de aprendizaje, evidencias,
actividades, recursos, tecnología, evaluación y retroalimentación.
La experiencia diseñada parte de
una secuencia progresiva: comprender la argumentación, analizar textos y
fuentes, organizar la información, construir una postura, planificar, redactar,
revisar y mejorar. Esta secuencia permite superar una lógica tradicional
—centrada en partir de un material, seguir con la lectura y aterrizar en una
tarea— para avanzar hacia una auténtica ruta de aprendizaje, en la que
el estudiante comprende qué debe hacer, para qué debe hacerlo, qué evidencia
debe producir y cómo puede mejorar su desempeño.
El rol activo del estudiante
Esta manera de entender el
aprendizaje también dialoga directamente con lo que hemos trabajado
anteriormente en el curso Gestión del Aprendizaje. El estudiante no debería ser
solamente un receptor o consumidor de contenidos digitales. En un EVEA
pedagógicamente diseñado debe asumir un papel activo: participar en
actividades, tomar decisiones, interactuar, recibir y utilizar
retroalimentación y reflexionar sobre sus propios avances. En consecuencia,
cobran especial importancia la autonomía y la metacognición como
dimensiones fundamentales del aprendizaje.
La exploración de herramientas
como Padlet, encuestas, preguntas interactivas durante las sesiones
sincrónicas y otros recursos digitales permitió reconocer, además, que una
herramienta adquiere valor educativo únicamente cuando responde a una necesidad
pedagógica concreta. No se trata de incorporar la tecnología porque sea novedosa,
sino porque cumple una función dentro de la experiencia de aprendizaje. Una
herramienta puede ser técnicamente atractiva y, al mismo tiempo,
pedagógicamente irrelevante.
Rediseñar la experiencia
docente
Hasta este momento, considero que
uno de los principales aprendizajes del curso puede resumirse en una idea: diseñar
un entorno virtual no significa trasladar un curso presencial a una plataforma.
Supone analizar a los estudiantes, definir resultados claros, anticipar
evidencias, diseñar actividades significativas, seleccionar recursos
pertinentes, promover la interacción y utilizar la evaluación y la
retroalimentación para favorecer la mejora.
Y esta idea tiene para mí una
implicancia particular como docente. La pregunta ya no debería ser solamente si
mi aula virtual tiene suficientes materiales, actividades o herramientas;
también debo preguntarme qué está haciendo el estudiante con todo aquello
que he puesto a su disposición. Si lee, pero no interpreta; si responde,
pero no reflexiona; si utiliza una herramienta, pero no toma decisiones; si
recibe retroalimentación, pero no la utiliza para mejorar, entonces la
tecnología puede estar presente sin que necesariamente exista una experiencia
de aprendizaje significativa.
Conclusión: el estudiante en
el centro
Por ello, el verdadero desafío no
consiste en construir un aula virtual llena de herramientas, sino en diseñar
experiencias de aprendizaje con sentido pedagógico. La tecnología puede
ampliar las posibilidades de acceso, interacción, colaboración y
acompañamiento, pero su valor dependerá siempre de cómo, cuándo y para qué se
integra.
Esta primera etapa del curso me
permite, finalmente, reafirmar una idea que considero fundamental para mi
práctica docente: un entorno virtual de aprendizaje no es el lugar donde se
almacenan los contenidos, sino el espacio pedagógicamente diseñado donde se
articulan experiencias, interacciones y evidencias para que el aprendizaje
pueda ocurrir. Desde esta perspectiva, la tecnología deja de ocupar el
centro. El verdadero centro vuelve a ser el estudiante, su proceso de
aprendizaje y las decisiones pedagógicas que asumimos para acompañarlo.
Y quizá ese sea uno de los
cambios más importantes que debemos hacer quienes enseñamos en entornos
virtuales: dejar de preguntarnos cuánto contenido podemos poner a
disposición y empezar a preguntarnos qué aprendizaje estamos haciendo posible.
