viernes, 11 de septiembre de 2026

De la tecnología como recurso a la tecnología como mediación pedagógica: reflexiones sobre el diseño de un EVEA (por Nando Vaccaro)

 Por Nando Vaccaro Talledo - septiembre, 2026.


He empezado el tercer ciclo del doctorado en Educación en la Universidad Nacional de Piura. Y el primer curso ha sido una grata sorpresa. Se trata de la asignatura Entornos Virtuales: Herramientas para la Enseñanza y el Aprendizaje, a cargo de la Dra. Rosa Castro Tesén.

Luego de una ardua pero provechosa jornada académica, he podido replantearme una idea que, aunque parece evidente, tiene profundas implicancias pedagógicas: la presencia de tecnología no garantiza por sí misma el aprendizaje. Un espacio virtual puede contener numerosos archivos PDF, presentaciones, enlaces, videos y herramientas digitales y, sin embargo, continuar funcionando únicamente como un repositorio de contenidos. La diferencia fundamental no está en la cantidad de recursos disponibles sino en la intencionalidad pedagógica con la que estos se articulan.


El sentido pedagógico de un EVEA

Esta reflexión estuvo presente desde la actividad inicial, en la que se compararon dos formas de organizar un aula virtual. El primer caso mostraba principalmente materiales y recursos; el segundo incorporaba una ruta de aprendizaje, actividades, interacción, evaluación y retroalimentación.

Más que una simple elección entre dos modelos, la discusión permitió comprender que un verdadero Entorno Virtual de Enseñanza y Aprendizaje (EVEA) surge cuando existe una experiencia diseñada con sentido pedagógico y orientada hacia los aprendizajes que se espera alcanzar.


El modelo ADDIE como ciclo de mejora

En este sentido, una de las ideas que considero más importantes es el tránsito de la tecnología como recurso hacia la tecnología como mediación pedagógica. Durante mucho tiempo, la pregunta podía centrarse en qué herramientas tecnológicas utilizar. Sin embargo, el diseño de un EVEA exige cambiar el orden de esa pregunta: primero debemos definir qué necesitan aprender nuestros estudiantes y qué experiencia de aprendizaje queremos generar; después, decidir qué recursos y tecnologías pueden contribuir a hacerla posible.

El trabajo con el modelo ADDIE permitió profundizar esta perspectiva. Analizar, Diseñar, Desarrollar, Implementar y Evaluar no representan simplemente etapas para completar un formato, sino una manera sistemática de tomar decisiones pedagógicas. Especialmente significativa resulta la comprensión de ADDIE como un ciclo de mejora, en el que cada fase genera evidencias para orientar las decisiones posteriores. La evaluación, por tanto, no constituye únicamente el final del proceso: permite regresar al análisis, reconocer lo que funcionó y lo que debe modificarse, y rediseñar la experiencia.


Del Blueprint a la ruta de aprendizaje

Esta lógica se hizo más concreta durante la elaboración del Blueprint del EVEA (un esquena que, debo reconocer, desconocía), aplicado a una experiencia real de mi práctica docente en el curso Comprensión y Redacción de Textos 2, que enseño en la Universidad Tecnológica del Perú (UTP). Al seleccionar las semanas dedicadas a la producción de un texto argumentativo pude visualizar con mayor claridad la importancia de construir una cadena coherente entre contexto, resultados de aprendizaje, evidencias, actividades, recursos, tecnología, evaluación y retroalimentación.

La experiencia diseñada parte de una secuencia progresiva: comprender la argumentación, analizar textos y fuentes, organizar la información, construir una postura, planificar, redactar, revisar y mejorar. Esta secuencia permite superar una lógica tradicional —centrada en partir de un material, seguir con la lectura y aterrizar en una tarea— para avanzar hacia una auténtica ruta de aprendizaje, en la que el estudiante comprende qué debe hacer, para qué debe hacerlo, qué evidencia debe producir y cómo puede mejorar su desempeño.


El rol activo del estudiante

Esta manera de entender el aprendizaje también dialoga directamente con lo que hemos trabajado anteriormente en el curso Gestión del Aprendizaje. El estudiante no debería ser solamente un receptor o consumidor de contenidos digitales. En un EVEA pedagógicamente diseñado debe asumir un papel activo: participar en actividades, tomar decisiones, interactuar, recibir y utilizar retroalimentación y reflexionar sobre sus propios avances. En consecuencia, cobran especial importancia la autonomía y la metacognición como dimensiones fundamentales del aprendizaje.

La exploración de herramientas como Padlet, encuestas, preguntas interactivas durante las sesiones sincrónicas y otros recursos digitales permitió reconocer, además, que una herramienta adquiere valor educativo únicamente cuando responde a una necesidad pedagógica concreta. No se trata de incorporar la tecnología porque sea novedosa, sino porque cumple una función dentro de la experiencia de aprendizaje. Una herramienta puede ser técnicamente atractiva y, al mismo tiempo, pedagógicamente irrelevante.


Rediseñar la experiencia docente

Hasta este momento, considero que uno de los principales aprendizajes del curso puede resumirse en una idea: diseñar un entorno virtual no significa trasladar un curso presencial a una plataforma. Supone analizar a los estudiantes, definir resultados claros, anticipar evidencias, diseñar actividades significativas, seleccionar recursos pertinentes, promover la interacción y utilizar la evaluación y la retroalimentación para favorecer la mejora.

Y esta idea tiene para mí una implicancia particular como docente. La pregunta ya no debería ser solamente si mi aula virtual tiene suficientes materiales, actividades o herramientas; también debo preguntarme qué está haciendo el estudiante con todo aquello que he puesto a su disposición. Si lee, pero no interpreta; si responde, pero no reflexiona; si utiliza una herramienta, pero no toma decisiones; si recibe retroalimentación, pero no la utiliza para mejorar, entonces la tecnología puede estar presente sin que necesariamente exista una experiencia de aprendizaje significativa.


Conclusión: el estudiante en el centro

Por ello, el verdadero desafío no consiste en construir un aula virtual llena de herramientas, sino en diseñar experiencias de aprendizaje con sentido pedagógico. La tecnología puede ampliar las posibilidades de acceso, interacción, colaboración y acompañamiento, pero su valor dependerá siempre de cómo, cuándo y para qué se integra.

Esta primera etapa del curso me permite, finalmente, reafirmar una idea que considero fundamental para mi práctica docente: un entorno virtual de aprendizaje no es el lugar donde se almacenan los contenidos, sino el espacio pedagógicamente diseñado donde se articulan experiencias, interacciones y evidencias para que el aprendizaje pueda ocurrir. Desde esta perspectiva, la tecnología deja de ocupar el centro. El verdadero centro vuelve a ser el estudiante, su proceso de aprendizaje y las decisiones pedagógicas que asumimos para acompañarlo.

Y quizá ese sea uno de los cambios más importantes que debemos hacer quienes enseñamos en entornos virtuales: dejar de preguntarnos cuánto contenido podemos poner a disposición y empezar a preguntarnos qué aprendizaje estamos haciendo posible.