jueves, 2 de julio de 2026

¡RIBEYRO VIVE!: comunidad de lectores, escuela de lectura (por Nando Vaccaro)

 

Imagen referencial creada para este artículo.

Por Nando Vaccaro Talledo – 2 de julio, 2026

Existe una comunidad de lectores que se reúne semanalmente por Zoom —cuando la tecnología se utiliza productivamente como un medio y no como un fin— para analizar algún cuento o texto de Julio Ramón Ribeyro. Se llama ¡RIBEYRO VIVE! Fui invitado por un colega y hace un par de semanas me incorporé a su grupo de WhatsApp. Por lo que he podido apreciar, está integrado y administrado por lectores peruanos de diversas profesiones, aunque también participan personas de otros países hispanohablantes. Cada semana, uno de los integrantes prepara una exposición sobre una obra específica de Ribeyro. La anterior estuvo dedicada a un texto de Proverbiales; en esta ocasión, el análisis gira en torno al cuento «Mariposas y cornetas», de Relatos santacrucinos.

A partir de mi participación como lector y asistente a estos encuentros, me he propuesto escribir un artículo sobre cada texto leído y discutido, del mismo modo que hago con el libro del mes en Tinta Club del Libro. La diferencia es que aquí, al tratarse generalmente de un cuento, dispongo del tiempo suficiente para leerlo con detenimiento, releerlo y escribir una reflexión semanal. Esa será mi contribución a ¡RIBEYRO VIVE!, además del papel que asumo desde hace años como divulgador de la literatura y promotor de la lectura. Y, más personalmente, porque esta práctica me ayuda a mantener el "brazo caliente" (parafraseando a García Márquez): escribir, como cualquier oficio, se aprende escribiendo y leyendo mucho.

Escribir estos artículos no constituye un trabajo remunerado. Pero, en el sentido artesanal y vocacional de la palabra, sí forma parte de mi oficio de escritor. La historia de la literatura está llena de autores que durante años escribieron sin recibir una retribución proporcional a su esfuerzo. Pienso, precisamente, en Julio Ramón Ribeyro. Sus cuentos nunca le dieron independencia económica; sin embargo, jamás dejó de escribir. El oficio precedió al reconocimiento. En mi caso, tampoco escribo persiguiendo el reconocimiento como un fin en sí mismo. Mi aspiración es más sencilla y, al mismo tiempo, más exigente: vivir plenamente aquello que me apasiona, la literatura.

Lo que más me ha llamado la atención de ¡RIBEYRO VIVE! es su permanencia. Nació casi como una ocurrencia y, en pleno 2026, ya supera las trescientas sesiones. No es fácil sostener durante tantos años una reunión semanal, con expositores que investigan, preparan materiales y comparten lecturas originales. Además de un club de lectura, se ha convertido en una verdadera comunidad de interpretación. Ese compromiso explica, en parte, por qué Ribeyro continúa ganando lectores.

Hay, además, una hermosa ironía en la trayectoria del autor. En vida nunca ocupó el lugar mediático de otros escritores del llamado "boom", pero hoy posee una presencia muy sólida entre los lectores peruanos y también entre muchos lectores de otros países. Decir que Ribeyro es un "escritor del pueblo" no significa reducir su literatura a la sencillez; significa reconocer que supo representar, con una honestidad y brillantez poco común, la experiencia cotidiana del Perú.

Un aspecto que también me resulta interesante de este y de otros espacios de lectura es la curiosidad por descubrir cuánto hay de "verdad" en una ficción. Los lectores suelen preguntarse si determinado personaje existió realmente o si cierto episodio ocurrió tal como aparece narrado. Esa inquietud revela una forma muy humana de leer: buscamos anclar la ficción en la realidad. Sin embargo, como explica Mario Vargas Llosa en La verdad de las mentiras, la literatura no consiste en copiar el mundo, sino en transformarlo. Incluso cuando una historia nace de un hecho real, lo decisivo no es el acontecimiento en sí, sino la imaginación que lo reorganiza para construir una verdad artística. Sospecho que esta será una de las cuestiones que volverán a aparecer en los futuros debates y artículos.

Aunque no se puede vivir del amor ni alimentarse únicamente de los sueños, sí es posible encontrar en la escritura una recompensa que trasciende cualquier beneficio inmediato: comprobar que las palabras viajan más lejos que uno mismo. Por eso, los artículos que publico en La palabra brota no constituyen un proyecto separado de mi obra narrativa. Son parte de mi formación. En ellos entreno la observación, afino el juicio crítico, aprendo a expresar una idea con claridad y continúo desarrollando una voz ensayística propia. Es probable que los lectores de mis futuras novelas nunca lleguen a leer estas páginas; pero el novelista que las escriba, sin duda, habrá sido moldeado por cientos de reflexiones como estas.

En ese sentido, este nuevo “trabajo” no representa un desvío de mi proyecto literario, sino una de las formas más constantes y sostenibles de avanzar hacia él. Cada artículo será un ejercicio de lectura crítica; cada reunión de ¡RIBEYRO VIVE!, una conversación con otros lectores; y, con el paso de los años, ambos terminarán constituyendo una verdadera escuela de formación. La literatura, al fin y al cabo, también se aprende así: leyendo con atención, conversando con otros y escribiendo, cada día, una página más que la del anterior.