Por Nando Vaccaro Talledo – marzo, 2026.
¿Genialidad narrativa o manipulación efectista? Cuando el cine se convierte en una trampa de espejos. Les comparto un análisis sobre cómo la adaptación cinematográfica de Los renglones torcidos de Dios sacrifica la lógica legal y el respeto al espectador en favor de un giro que nos hace sentir, más que sorprendidos, estafados.
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| El envoltorio de lujo: una estética que nos predispone a confiar en una narrativa tramposa. |
La última adaptación de la obra de Torcuato Luca de Tena, dirigida por Oriol Paulo, se presenta ante el público como un envoltorio cinematográfico de lujo. Desde los primeros minutos, la película nos seduce con una fotografía impecable, una ambientación asfixiante de la España de los años 70 y una interpretación de Bárbara Lennie que roza lo sublime. Sin embargo, tras esa fachada de producción de primer nivel, se esconde una propuesta narrativa que, más que un desafío intelectual, termina convirtiéndose en una obra que subestima la inteligencia del espectador.
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| El choque de egos: la ciencia presentada como antagonista para nublar nuestro juicio crítico. |
EL COLAPSO DE LA LÓGICA
CIENTÍFICA Y LEGAL: uno de los puntos más débiles —y que más daña la
credibilidad del filme— es el papel del comité de especialistas y el estatus
legal de la protagonista. Resulta inverosímil que un panel de médicos
experimentados sea incapaz de ver la realidad diagnóstica de Alice, dejándose
llevar únicamente por su retórica. El problema no es que Alice engañe a los
médicos; el problema es que la película exige que instituciones enteras actúen
de forma inverosímil para que el engaño funcione. Pero hay un vacío aún más
profundo: si Alice es, como sostiene el giro final, una mujer que intentó
envenenar a su marido, ¿por qué su destino es un sanatorio y no la cárcel?
La película nunca termina de
explicar por qué una tentativa de asesinato se gestiona como un ingreso
psiquiátrico "voluntario" o privado, eludiendo la intervención
policial. Esta omisión legal no es un descuido sino una pieza que el
director decide ignorar para que el juego del manicomio pueda existir. Si la
justicia hubiera operado con un mínimo de coherencia, no habría película, lo
que demuestra que la trama no se sostiene por su solidez, sino por la
conveniencia de su creador.
OCULTAMIENTO DELIBERADO DE
INFORMACIÓN NARRATIVA (o withheld information twist en guion): el
clímax de la película llega con la aparición del verdadero Dr. Donadío. Es
aquí donde el ego del director se hace más evidente. En un thriller honesto,
las piezas están sobre la mesa. En esta película, el rostro de Donadío se nos
oculta deliberadamente durante todo el metraje para poder asestar un golpe
final que no es el resultado de nuestra falta de atención, sino de la omisión
malintencionada de información. Más que un giro narrativo legítimo, el epílogo
funciona como un truco basado en la ocultación deliberada de información. Al
final, no triunfa la verdad, sino el deseo del director de decirnos: "Miren
qué tontos son, los engañé a todos".
CONCLUSIÓN: EL TRIUNFO DEL
EFECTISMO: Los renglones torcidos de Dios es un ejemplo de cómo
el efecto visual y el shock pueden terminar devorando a la
honestidad narrativa. Es un mal precedente para el género, porque rompe el
contrato de confianza entre el creador y su público. Cuando un giro depende de
esconder las reglas del juego, deja de ser una sorpresa narrativa para
convertirse en un simple acto de prestidigitación. Y el cine, cuando se reduce
a eso, deja de invitar a pensar y se limita a presumir de su propio truco.
COLOFÓN: EL LIBRO DETRÁS DEL
LABERINTO: conviene recordar que antes de la película existió la novela de Los
renglones torcidos de Dios, publicada en 1979 por Torcuato Luca de Tena. El
libro ya jugaba con el mismo dispositivo que fascina (y desconcierta) en la
adaptación: la duda permanente sobre la cordura de Alice Gould y sobre la
fiabilidad de todo lo que vemos o leemos. La película dirigida por Oriol Paulo
respeta ese núcleo —el manicomio como tablero de ajedrez psicológico—, aunque
simplifica algunas tramas secundarias y apuesta por un cierre más explícito y
visual, propio del lenguaje cinematográfico. En la novela, en cambio, el juego
con el lector es todavía más retorcido: el misterio se dilata, las ambigüedades
se multiplican y el desconcierto se vuelve casi metodológico. Quizá por eso, después
de ver la película, regresar al libro no es redundante sino revelador: es
entrar en el mismo laberinto, pero con pasillos adicionales y espejos más
deformantes.



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