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Por Nando Vaccaro Talledo - 4 de julio, 2026
Hay algo profundamente perturbador en mirar una cuadrícula de Zoom un sábado de junio y descubrir que el sótano de Fiódor Dostoyevski está lleno de gente. Conectados a la distancia, guiados por la mirada siempre afilada y desbordante de Ariana Harwicz en Tinta club del libro, decenas de lectores diseccionamos Apuntes del subsuelo como quien opera a corazón abierto una neurosis propia. Aunque la psicología clínica tardó un siglo más en acuñar el término "síndrome del impostor" para describir ese terror paralizante a ser desenmascarados, el genio ruso ya había cartografiado cada uno de sus síntomas en 1864. El hombre del subsuelo no es solo un cínico atrapado en la periferia de San Petersburgo; es el arquetipo definitivo de la lucidez como condena, un espejo incómodo que demuestra cómo el exceso de autoconciencia y el miedo cerval a no encajar en las expectativas del mundo terminan por brotar, inevitablemente, en forma de autosabotaje.
La novela arranca, de hecho, con
una declaración de guerra autoinfligida, desprovista de las redes de seguridad
que el psicoanálisis o el estructuralismo traerían el siglo siguiente: “Yo
soy un hombre enfermo... Un hombre malvado”. En ese arranque kamikaze,
Dostoyevski funde la novela psicológica, la tesis filosófica y la confesión más
impúdica en un monólogo interno que no busca complacer, sino perturbar. El
narrador se diagnostica antes de que el mundo lo haga; se declara culpable para
arrebatarle a los demás el poder de juzgarlo. Si así empezamos, ¡imagínense el
resto!
Es ahí donde cobra un sentido
abismal otra de las grandes definiciones que Harwicz nos comparte en la charla:
“Para mí el estilo es la relación del narrador con la verdad”. En
Dostoyevski esa relación es una herida abierta. El estilo del hombre del
subsuelo —retorcido, fragmentario, colmado de idas y venidas— refleja la trampa
del impostor: la incapacidad de habitar la verdad sin sospechar de ella. El
protagonista sabe quién es, posee una “inteligencia superior”, pero su estilo
es el de alguien que huye. Es la confesión de un hombre que se siente un fraude
ante los ojos de una sociedad que desprecia, pero cuya validación mendiga en
secreto. Su verdad es que está roto, y su estilo es el mecanismo de defensa
para que nadie más note las costuras de su farsa.
Rastrear ese estilo es comprender
que, en 1864, Dostoyevski no solo escribió una novela: abrió con un impulso
irrefrenable la puerta de la modernidad. Décadas antes de que James Joyce
publicara Ulises en 1922, antes de que Virginia Woolf atrapara los
destellos de la conciencia en las habitaciones de la mente, y antes de que
William Faulkner hiciera hablar al ruido y la furia del sur, el genio ruso ya
había inventado el artefacto. El monólogo del subsuelo es el paciente cero de
esa literatura del desborde que Ariana Harwicz hereda y estira en sus propios
textos (que, por supuesto, serían materia de otro artículo).
Es más, ante la tentación
contemporánea de leer al personaje dostoyevskano bajo la lupa del
psicoanálisis, habría que invertir la ecuación de los factores (con el perdón
de los psicoanalistas dogmáticos): no es Dostoyevski quien prefigura el
psicoanálisis; es Sigmund Freud quien resulta profundamente dostoyevskano. El
neurólogo austriaco —que dedicó un famoso ensayo a la neurosis del autor— no
hizo más que ponerle tecnicismos clínicos a la topografía del abismo que
Dostoyevski ya había explorado a tientas en la ficción. El complejo de culpa,
la pulsión de autodestrucción, la ambivalencia moral y, por supuesto, esa
desconexión entre el logro y el autorreconocimiento, que hoy llamamos síndrome
del impostor, ya gateaban por las calles de San Petersburgo en 1864.
La respuesta de Harwicz fue un sí
rotundo y generoso. Al otro lado de la pantalla, la autora argentina asintió,
validando una certeza que ha levitado durante junio en Tinta club del libro: la
inmensa deuda histórica que las humanidades, las ciencias sociales y la
literatura contemporánea tienen con el autor ruso. Él excavó los cimientos de
lo que somos mucho antes de que la ciencia formal se atreviera a nombrarlo. Al apagar
la pantalla y cerrar el libro, queda claro que el síndrome del impostor no es
un mal moderno, sino el eco de un sótano universal. La gran diferencia es que
Dostoyevski nos dejó las antorchas encendidas para aprender a mirar en nuestra
propia oscuridad.
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| Edición especial de Apuntes del subsuelo, por Tinta club del libro. |


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