jueves, 23 de julio de 2026

Gestionar el aprendizaje en tiempos de inteligencia artificial: reflexiones desde la práctica docente (por Nando Vaccaro)

 Por Nando Vaccaro T. – julio, 2026

 


INTRODUCCIÓN

Vivimos en una época en la que el acceso al conocimiento ya no constituye el principal desafío de la educación. La información circula de manera inmediata gracias a Internet y, más recientemente, a las herramientas de inteligencia artificial. Sin embargo, esta abundancia de información no garantiza que las personas aprendan, comprendan o desarrollen las competencias necesarias para enfrentar los problemas de una sociedad cada vez más compleja. En este contexto, la función del docente trasciende la transmisión de contenidos para asumir un reto mucho más exigente: gestionar el aprendizaje.

El curso Gestión del Aprendizaje, desarrollado en el marco del Doctorado en Educación de la Universidad Nacional de Piura y dirigido por el Dr. José Martín Merino Marchán, me permitió comprender que enseñar no consiste únicamente en planificar clases o seleccionar metodologías, sino en diseñar experiencias que favorezcan la construcción de conocimientos, el desarrollo del pensamiento crítico y la formación de estudiantes capaces de aprender durante toda la vida. Esta reflexión adquiere especial relevancia en un escenario donde la inteligencia artificial ofrece nuevas posibilidades para la educación, pero también exige revisar críticamente nuestras prácticas docentes.

El presente ensayo recoge las principales reflexiones que me dejó el curso. Más que resumir los contenidos desarrollados, busca mostrar cómo la comprensión de los enfoques pedagógicos, el desarrollo de la autonomía, la metacognición, el trabajo colaborativo y el uso pedagógico de la inteligencia artificial transforman la manera de entender la gestión del aprendizaje en la educación superior.

 

LO QUE CAMBIÓ MI MANERA DE ENTENDER LA DOCENCIA

Uno de los aprendizajes más significativos del curso fue comprender que las diferencias entre los enfoques pedagógicos no radican únicamente en las estrategias que utiliza el docente, sino en la manera en que conciben el aprendizaje y el papel que desempeñan quienes participan en él. Hasta hace algunos años tendía a asociar cada enfoque con determinadas técnicas de enseñanza; hoy entiendo que cada uno responde a una forma distinta de comprender cómo las personas construyen el conocimiento.

El conductismo enfatiza la organización del aprendizaje mediante objetivos claros, práctica sistemática y evaluación de resultados observables. El constructivismo sitúa al estudiante como protagonista de la construcción de su conocimiento, partiendo de sus experiencias y saberes previos. El socioconstructivismo amplía esa perspectiva al destacar que aprendemos mejor cuando interactuamos con otras personas y compartimos significados. Finalmente, el enfoque crítico-reflexivo nos recuerda que la educación debe formar ciudadanos capaces de analizar su realidad, cuestionarla y transformarla.

Sin embargo, la principal reflexión que me deja el curso es que ningún enfoque explica por sí solo la complejidad del aprendizaje. En la práctica docente, la gestión del aprendizaje exige integrar críticamente los aportes de cada uno de ellos según las características de los estudiantes, el contexto y los propósitos formativos. Enseñar supone tomar decisiones pedagógicas fundamentadas y comprender que la flexibilidad constituye una de las principales competencias del docente contemporáneo.

 

LA VERDADERA GESTIÓN DEL APRENDIZAJE

Quizá el mayor aporte del curso fue comprender que gestionar el aprendizaje significa mucho más que organizar actividades o cumplir una planificación. Gestionar implica crear las condiciones para que los estudiantes aprendan de manera autónoma, colaborativa y reflexiva. En otras palabras, formar personas capaces de seguir aprendiendo incluso cuando el docente ya no está presente.

La autonomía responde a una pregunta esencial: ¿cómo aprendo por mí mismo? No significa dejar solo al estudiante, sino acompañarlo para que desarrolle la capacidad de planificar, regular y evaluar su propio proceso de aprendizaje. Estrategias como el aprendizaje basado en proyectos, el aula invertida o los portafolios digitales cobran sentido porque fortalecen esa capacidad de aprender de manera independiente y responsable.

El trabajo colaborativo responde a otra dimensión igualmente importante: ¿cómo aprendo con otros? Durante el curso comprendí que organizar estudiantes en grupos no garantiza, por sí mismo, un aprendizaje colaborativo. La colaboración requiere diálogo, intercambio de ideas, construcción conjunta del conocimiento y una mediación constante del docente que oriente el proceso y favorezca la participación de todos. En este sentido, el aula deja de ser un espacio de transmisión para convertirse en una comunidad de aprendizaje.

La tercera dimensión es la metacognición, entendida como la capacidad de reflexionar sobre la propia manera de aprender. Muchas veces evaluamos cuánto aprendieron los estudiantes, pero pocas veces les enseñamos a preguntarse por qué aprendieron, qué estrategias les resultaron más útiles o cómo podrían mejorar sus procesos de aprendizaje. Promover la metacognición implica enseñar a los estudiantes a convertirse en aprendices conscientes y autorregulados, capaces de identificar sus fortalezas, reconocer sus dificultades y asumir un compromiso permanente con su mejora.

Estas tres capacidades no constituyen procesos independientes. La autonomía responde a la pregunta “¿cómo aprendo por mí mismo?”; el trabajo colaborativo, a “¿cómo aprendo con otros?”; y la metacognición, a “¿cómo reflexiono y mejoro mi manera de aprender?”. Gestionar el aprendizaje consiste precisamente en integrar estas dimensiones para formar estudiantes preparados para aprender a lo largo de toda la vida.

 

LAS ESTRATEGIAS NO SON EL FIN

Otra reflexión importante que deja el curso es comprender que las estrategias metodológicas carecen de valor por sí mismas. Con frecuencia existe la tendencia a considerar que metodologías como el aprendizaje basado en proyectos, el aprendizaje basado en problemas, el estudio de casos o el aula invertida representan innovaciones suficientes para mejorar la enseñanza. Sin embargo, ninguna estrategia garantiza aprendizajes significativos si no responde a un propósito pedagógico claramente definido.

En este sentido, resulta fundamental diferenciar las estrategias de enseñanza de las estrategias de aprendizaje. Las primeras corresponden a las decisiones que toma el docente para organizar los procesos educativos; las segundas son las acciones que desarrollan los estudiantes para comprender, aplicar, relacionar y reconstruir los conocimientos. La verdadera innovación ocurre cuando ambas dimensiones se articulan para favorecer el desarrollo de competencias como la autonomía, el pensamiento crítico, la resolución de problemas, la reflexión metacognitiva y el trabajo colaborativo.

Por ello, más que preguntarnos qué metodología utilizar, deberíamos preguntarnos qué tipo de aprendiz queremos formar. Solo a partir de esa respuesta las estrategias adquieren sentido y coherencia con los propósitos educativos.

 

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

La irrupción de la inteligencia artificial constituye uno de los mayores desafíos para la educación contemporánea. Sin embargo, el curso me permitió comprender que el debate no debe centrarse en si estas herramientas reemplazarán al docente, sino en cómo pueden contribuir a mejorar la gestión del aprendizaje.

La inteligencia artificial ofrece oportunidades para personalizar la enseñanza, proporcionar retroalimentación inmediata, facilitar el acceso a múltiples fuentes de información y fortalecer procesos de investigación y aprendizaje colaborativo. No obstante, ninguna herramienta tecnológica puede sustituir la mediación pedagógica, el juicio crítico ni la formación ética que corresponden al docente. La tecnología adquiere sentido únicamente cuando se integra dentro de una propuesta pedagógica coherente y orientada al desarrollo integral de los estudiantes.

En consecuencia, el verdadero desafío no consiste en aprender a utilizar nuevas herramientas digitales, sino en fortalecer nuestra capacidad para integrarlas críticamente a los enfoques pedagógicos que sustentan una educación centrada en el aprendizaje.

 

REFLEXIÓN FINAL

Al concluir este curso comprendo que gestionar el aprendizaje constituye una responsabilidad compartida. El docente desempeña un papel fundamental como mediador del aprendizaje, pero sus acciones requieren el respaldo de instituciones comprometidas con la innovación y de políticas educativas que promuevan una formación continua y pertinente. Al mismo tiempo, esperar únicamente cambios estructurales significaría renunciar a las posibilidades de transformación que existen dentro de cada aula.

Durante mi formación universitaria escuché una idea que hoy cobra especial sentido: los educadores debemos mantener, metafóricamente, un pie dentro del sistema y otro fuera de él. Estar dentro significa comprender las condiciones reales en las que ejercemos la docencia; estar fuera implica conservar la capacidad crítica para cuestionarlas e impulsar cambios desde nuestra propia práctica. Ambas dimensiones no son contradictorias, sino complementarias.

En definitiva, la gestión del aprendizaje no consiste únicamente en aplicar teorías pedagógicas o incorporar tecnologías innovadoras. Significa asumir el compromiso permanente de crear experiencias educativas que desarrollen autonomía, pensamiento crítico, colaboración y reflexión, convencidos de que las grandes transformaciones de la educación también comienzan con las pequeñas decisiones que cada docente toma diariamente en su aula.

 

Última clase de Gestión del aprendizaje, liderada por el Dr. José Martín Merino Marchán.


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