Por Nando Vaccaro Talledo (junio, 2026)
La interrogante sigue vigente.
Sin embargo, al trasladar la mirada desde la Educación Básica Regular hacia la
educación superior universitaria, emerge una nueva pregunta, igualmente
desafiante: ¿cómo saber si un currículo universitario continúa respondiendo
a las necesidades de la sociedad que pretende servir? La respuesta parece
encontrarse en una palabra que hoy ocupa un lugar central en los procesos de
gestión y evaluación curricular: pertinencia.
A primera vista, la pertinencia
podría entenderse simplemente como la necesidad de actualizar planes de estudio
para responder a los cambios del entorno. Sin embargo, la experiencia revisada
en el curso de Gestión y Evaluación del Currículo, a cargo de la Dra. Micaela
Aurora Pérez Gonzales en el doctorado de Educación de la Universidad Nacional
de Piura, revela que se trata de un concepto mucho más complejo. La
pertinencia curricular obliga a preguntarse simultáneamente qué necesita
la sociedad, qué demanda el mercado laboral, qué requieren los
estudiantes, qué espera la comunidad académica, qué exigen los
estándares nacionales e internacionales y qué visión institucional desea
proyectar la universidad.
En otras palabras, un currículo
pertinente no es aquel que satisface una única expectativa, sino aquel que
logra equilibrar múltiples demandas sin perder su identidad. Esa tarea resulta
particularmente compleja porque la universidad contemporánea se encuentra
sometida a presiones diversas y, en ocasiones, contradictorias. Debe responder
a los procesos de acreditación y aseguramiento de la calidad; atender las
exigencias del entorno productivo; alinearse con políticas educativas
nacionales como el Proyecto Educativo Nacional (PEN), los Proyectos Educativos
Regionales (PER) y Locales (PEL); incorporar estándares internacionales; y, al
mismo tiempo, contribuir al desarrollo humano de sus estudiantes y de la
sociedad.
Por ello, los procesos de actualización
curricular no pueden reducirse a ejercicios administrativos. Implican
diagnósticos rigurosos, análisis prospectivos del entorno, estudios de mercado,
revisión comparativa de planes de estudio, análisis FODA, consultas a
especialistas y mecanismos permanentes de participación de los denominados
grupos de interés. Docentes, estudiantes, graduados, empleadores, colegios
profesionales, especialistas externos y representantes de la comunidad aportan
información valiosa para construir una visión compartida sobre el futuro de la
formación profesional.
Quizá uno de los aspectos más
interesantes de estos procesos sea que cuestionan la idea tradicional del
currículo como un documento elaborado exclusivamente por expertos. El currículo
universitario aparece más bien como una construcción colectiva,
resultado de múltiples diálogos y negociaciones entre actores que observan la
realidad desde perspectivas distintas.
Sin embargo, detrás de esta
dimensión técnica emerge una discusión más profunda: ¿para qué formamos en
la universidad? La respuesta parece obvia. Formamos profesionales. Pero la
pregunta merece una reflexión más cuidadosa. Con frecuencia, los estudios de
pertinencia priorizan cuestiones relacionadas con la empleabilidad: qué
perfiles demanda el mercado laboral, qué competencias requieren las
organizaciones o cuáles son las tendencias de desarrollo económico de una
región. Son preguntas legítimas y necesarias. No obstante, resultan
insuficientes.
Particularmente en carreras
vinculadas con las humanidades, las ciencias sociales o la educación, la
pertinencia no puede medirse únicamente por indicadores de inserción laboral.
También debería preguntarse qué tipo de ciudadanos necesita la sociedad,
cómo fortalecer la identidad cultural regional, qué papel desempeñan
la lectura y el pensamiento crítico en una democracia o cómo formar
profesionales capaces de actuar con responsabilidad ética frente a problemas
complejos.
En una región como Piura,
por ejemplo, un estudio de pertinencia para la carrera de Lengua y
Literatura debería considerar no solo las oportunidades laborales de sus
egresados, sino también cuestiones culturales de largo alcance. ¿Qué leen
los estudiantes piuranos? ¿Qué producción literaria regional está siendo
investigada? ¿Qué transformaciones está produciendo la inteligencia
artificial en los procesos de lectura y escritura? ¿Qué necesidades
culturales enfrentará la región en los próximos diez años?
Estas preguntas sugieren que la pertinencia
curricular no consiste únicamente en mirar hacia el mercado, sino también hacia
el territorio. Existe además otra tensión que merece atención. Tanto la
Educación Básica Regular como la educación superior afirman hoy estar
orientadas al desarrollo de competencias. Sin embargo, compartir el mismo
lenguaje no garantiza compartir las mismas prácticas.
La pregunta formulada durante el
curso resulta particularmente provocadora: ¿hasta qué punto la educación
peruana realmente forma y evalúa por competencias? Porque una cosa es
redactar competencias en documentos curriculares y otra muy distinta
reorganizar la enseñanza, la evaluación y la cultura institucional en torno a
ellas. El lenguaje de las competencias puede transformarse con relativa
rapidez; las prácticas educativas, en cambio, suelen hacerlo mucho más
lentamente.
La propia Universidad Nacional
de Piura reconoce esta complejidad al plantear una transición progresiva
hacia un modelo basado en competencias con horizonte al 2030. Actualmente
conviven enfoques mixtos donde las competencias dialogan todavía con
estructuras curriculares centradas en contenidos. La transición, por
tanto, no es solamente técnica; es también cultural.
Esta reflexión conduce a otro
aspecto relevante: la diferencia entre perfil de egreso y perfil profesional.
Con frecuencia ambos conceptos se utilizan como sinónimos, cuando en realidad
responden a preguntas distintas. El perfil de egreso describe los
aprendizajes, capacidades y competencias que el estudiante debe demostrar al
concluir su formación universitaria. El perfil profesional, en cambio,
se relaciona con el desempeño efectivo que desarrollará posteriormente en el
ejercicio de su profesión.
La diferencia es importante
porque recuerda una verdad frecuentemente olvidada: la universidad no
controla toda la trayectoria profesional de sus graduados. Forma una
base, pero el aprendizaje continúa durante toda la vida. De hecho, una de
las enseñanzas más relevantes de los actuales procesos de revisión curricular
es reconocer que ningún plan de estudios puede anticipar completamente las
exigencias futuras del mundo laboral. Las profesiones cambian, las
tecnologías evolucionan y los problemas sociales se transforman con rapidez.
Si esto es cierto, entonces surge
una pregunta inevitable: si las profesiones cambian más rápido que los
currículos, ¿cuál es la competencia más importante que debería desarrollar la
universidad? Quizá la respuesta sea aprender a seguir aprendiendo. Esa
capacidad conecta las competencias transversales, la investigación,
el pensamiento crítico, la adaptación al cambio y la formación
humana. También explica la creciente importancia de las prácticas
preprofesionales, no solo como requisito para la graduación, sino como
espacios donde el estudiante confronta el conocimiento académico con la
complejidad de la realidad.
En este contexto, resulta
significativo que el modelo educativo de la Universidad Nacional de Piura
proyectado hacia el 2030 se estructure sobre tres ejes fundamentales:
un eje misional centrado en el aprendizaje, la investigación y la
responsabilidad social universitaria; un eje identitario orientado a
fortalecer los valores y la cultura institucional unepina; y un eje
operativo enfocado en la gestión y actualización permanente del currículo.
La articulación de estos tres
ejes parece expresar una idea esencial: la calidad universitaria no depende
únicamente de la actualización técnica de los planes de estudio, sino también
de la capacidad institucional para integrar conocimiento, identidad y
compromiso social. Por ello, la verdadera pertinencia curricular no
consiste únicamente en adaptar perfiles profesionales a las demandas del
mercado laboral. Consiste en construir propuestas formativas capaces de
articular desarrollo humano, competencias profesionales, identidad
institucional y responsabilidad social en un contexto de transformación
permanente.
Quizá, entonces, la pregunta
decisiva no sea qué cursos debemos añadir o eliminar de un plan de
estudios. Tampoco cuántas competencias podemos incorporar en un perfil de
egreso. Tal vez la pregunta más importante sea otra: si aceptamos que ningún
currículo puede anticipar completamente las exigencias del futuro, ¿la
verdadera pertinencia consiste en enseñar contenidos o en formar personas
capaces de seguir aprendiendo, adaptándose y contribuyendo al desarrollo de su
comunidad?
Porque, al final, la
universidad no solo forma profesionales para ocupar un puesto de trabajo.
También forma personas llamadas a comprender, preservar y transformar la
sociedad en la que viven. Y tal vez sea precisamente allí donde la pertinencia
curricular encuentra su sentido más profundo.


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