¿QUIÉN DECIDE QUÉ
VALE LA PENA ENSEÑAR?
Currículo, calidad y mejora continua en tiempos de cambio
La legitimidad de los
conocimientos, competencias y valores que seleccionamos para las nuevas
generaciones.
Por Nando Vaccaro Talledo – junio, 2026
¿Quién decide qué vale la pena enseñar? La interrogante puede parecer sencilla, pero encierra una enorme complejidad. Cada vez que una universidad diseña, actualiza o evalúa un currículo, toma decisiones sobre los conocimientos, competencias, valores y experiencias que considera importantes para las nuevas generaciones. Detrás de cada asignatura incorporada, modificada o eliminada existe una determinada visión sobre el ser humano, la profesión, la sociedad y el futuro.
Durante buena parte del siglo
XX, la respuesta parecía relativamente estable. El conocimiento era escaso,
los contenidos cambiaban lentamente y el docente ocupaba una posición
privilegiada como transmisor de saberes. La escuela y la universidad tenían
como misión principal organizar y distribuir ese conocimiento acumulado. Hoy el
escenario es radicalmente distinto.
Vivimos en una época
caracterizada por la sobreabundancia de información, la expansión de la
inteligencia artificial, el aprendizaje autónomo, la aparición constante de
nuevas profesiones y profundas transformaciones tecnológicas, culturales y
sociales. El conocimiento ya no se encuentra exclusivamente en los libros o en
las aulas. Está disponible de manera inmediata y prácticamente ilimitada.
En este contexto surge una
pregunta inevitable: si no podemos enseñarlo todo, ¿qué merece ser enseñado?
La cuestión adquiere especial relevancia en la educación superior. Las
universidades ya no pueden limitarse a transmitir contenidos disciplinares.
Deben preparar profesionales capaces de desenvolverse en escenarios inciertos,
adaptarse a cambios permanentes y continuar aprendiendo durante toda su vida.
Pero precisamente allí aparece el dilema: ¿quién define cuáles son los
conocimientos y competencias indispensables para afrontar ese futuro? La
respuesta no pertenece a una sola persona ni a una sola institución.
Cuando una universidad
actualiza un currículo intervienen múltiples actores. Participan docentes,
estudiantes, graduados, empleadores, especialistas externos, organismos
acreditadores, autoridades educativas y representantes de la sociedad. Cada uno
observa la realidad desde perspectivas diferentes y, en consecuencia, plantea expectativas
distintas. Los empleadores suelen demandar competencias vinculadas al desempeño
laboral y a las necesidades del sector productivo. Los académicos defienden la
profundidad disciplinar y el rigor científico. Los estudiantes buscan
flexibilidad, innovación y oportunidades de desarrollo personal. Los organismos
acreditadores promueven estándares de calidad. La sociedad exige profesionales
éticos, ciudadanos responsables y personas comprometidas con el bienestar
colectivo. Entonces surge otra pregunta inevitable: ¿quién tiene la última
palabra? Probablemente nadie de manera individual.
La construcción curricular es,
en esencia, un ejercicio permanente de deliberación sobre el conocimiento
que una sociedad considera valioso transmitir a las nuevas generaciones. Por
ello, los procesos de revisión curricular no pueden entenderse únicamente como
procedimientos administrativos ni como exigencias burocráticas asociadas a la
acreditación. Constituyen espacios donde se negocian prioridades, se confrontan
visiones y se construyen consensos sobre el futuro. En este punto adquiere
especial importancia la idea de mejora continua, desarrollada en los
procesos contemporáneos de gestión curricular. El denominado ciclo PHVA (Planificar,
Hacer, Verificar y Actuar) parte de una premisa sencilla pero profundamente
significativa: ningún currículo es definitivo.
Durante mucho tiempo predominó la ilusión de que era posible diseñar un currículo perfecto, capaz de responder de manera permanente a las necesidades de una profesión o de una sociedad. Sin embargo, la experiencia demuestra lo contrario. La realidad cambia más rápido que los documentos. Las profesiones evolucionan. Las tecnologías se transforman. Los problemas sociales adquieren nuevas formas. Las expectativas de los estudiantes cambian. Los contextos regionales y globales se modifican constantemente.
Por ello, la mejora continua
no consiste únicamente en corregir errores o cumplir requisitos de calidad.
Implica revisar permanentemente qué conocimientos, competencias y valores
siguen siendo relevantes para la formación de los estudiantes. Esta revisión
ocurre en distintos niveles. En el plano macrocurricular se analizan
elementos como el modelo educativo, la misión institucional, la visión, las
políticas académicas y los perfiles de egreso. En el nivel mesocurricular
se revisan los planes de estudio, las áreas formativas y la articulación de las
competencias. Finalmente, en el nivel microcurricular se examinan los
sílabos, las metodologías, las estrategias didácticas y los sistemas de
evaluación.
Lo interesante es que en cada
uno de estos niveles reaparece la misma pregunta fundamental: ¿qué vale
la pena enseñar? La mejora continua, por tanto, no debería entenderse
únicamente como una herramienta técnica de gestión. También representa una
actitud intelectual de cuestionamiento permanente. Nos recuerda que ningún
currículo puede darse por concluido y que toda propuesta educativa debe estar
abierta a la reflexión crítica.
Esta idea adquiere especial
relevancia cuando se analizan los procesos de acreditación y aseguramiento
de la calidad. El Modelo de Acreditación para Programas de Estudios de
Educación Superior Universitaria impulsado por el SINEACE constituye un
esfuerzo importante por promover estándares de calidad y fortalecer la mejora
institucional. Sin embargo, también invita a formular una pregunta legítima: ¿la
calidad educativa puede reducirse al cumplimiento de estándares? La
respuesta parece evidente.
Una universidad puede cumplir
indicadores, presentar evidencias y satisfacer criterios de evaluación, pero
aun así fracasar en aspectos esenciales de su misión formativa. Puede
formar profesionales técnicamente competentes y, al mismo tiempo, descuidar
dimensiones humanas, éticas o ciudadanas igualmente importantes. Por ello, conceptos
como calidad, pertinencia, identidad institucional y formación humana no
siempre coinciden de manera automática. Mantener el equilibrio entre
ellos constituye uno de los mayores desafíos de la educación superior
contemporánea.
Quizá esta tensión se vuelve aún
más visible en una época marcada por el avance acelerado de la inteligencia
artificial. Si las máquinas son capaces de almacenar información,
procesar datos, generar textos y resolver problemas cada vez más complejos,
entonces la pregunta educativa ya no consiste únicamente en qué información
transmitir. La verdadera cuestión es qué capacidades humanas seguirán
siendo indispensables. Tal vez allí aparezcan elementos como el pensamiento
crítico, la creatividad, la sensibilidad ética, la empatía, la capacidad de
trabajar colaborativamente y la disposición para aprender durante toda la vida.
Competencias que difícilmente pueden ser sustituidas por la tecnología y que
resultan esenciales para construir sociedades más justas y democráticas.
Es probable que el mayor
desafío de la educación contemporánea no sea diseñar currículos más
extensos ni incorporar nuevas competencias cada año. Quizá el verdadero reto consista
en decidir, colectivamente, qué conocimientos, valores y capacidades merecen
seguir ocupando un lugar en la formación de las nuevas generaciones. Porque
detrás de cada asignatura incorporada, modificada o eliminada existe una
pregunta que ninguna acreditación, ningún indicador y ningún modelo curricular
pueden responder por sí solos: ¿qué consideramos verdaderamente valioso
enseñar para el futuro que estamos construyendo?
Y quizá esa sea la reflexión que
conecta las preocupaciones de esta trilogía de ensayos dedicados a la temática
de la gestión de evaluación curricular. Primero cuestionamos la
distancia entre currículo y realidad. Luego analizamos la
pertinencia del currículo frente a las necesidades sociales. Ahora
nos enfrentamos a una interrogante aún más profunda: la legitimidad
de aquello que decidimos enseñar. Porque, al final, educar no consiste
únicamente en transmitir conocimientos. Consiste también en decidir qué legado
intelectual, ético y cultural estamos dispuestos a entregar a quienes
construirán el mundo del mañana.


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