Por Nando Vaccaro / octubre, 2026.
Ya no me digas corazón es una historia intensa, apasionante, como
sus personajes centrales. Por supuesto, es una novela de amor y desamor
juvenil, pero me parece que su alcance va mucho más allá de la relación
sentimental entre Karla y Rodrigo. La novela nos muestra esos momentos en los
que una pareja comparte, disfruta y construye una historia en común, pero
también nos enfrenta a la otra cara de esa experiencia: la separación, la
dificultad de aceptar que algo ha terminado y la necesidad de aprender a
continuar cuando la vida que habíamos imaginado deja de ser posible.
Y hay un aspecto que me interesa
especialmente: Karla no es solamente una joven que atraviesa una ruptura
amorosa. Es también una mujer que ha aprendido a convivir con el lupus, una
enfermedad que impone desafíos a su cuerpo y a su vida cotidiana. Me parece
importante detenernos en ello, porque las relaciones humanas no ocurren en el
vacío. Amamos desde nuestras circunstancias, desde nuestras posibilidades,
desde nuestras fragilidades y contradicciones, y también desde aquello que no
siempre sabemos afrontar. La enfermedad puede poner a prueba una relación, pero
también puede revelar las posibilidades y los límites de quienes la integran.
En ese sentido, la historia de Karla y Rodrigo nos invita a pensar no solo en
lo que significa amar a alguien, sino también en lo que implica acompañarlo
cuando la vida exige algo más que palabras bonitas.
Sin embargo, hay otro aspecto que me ha
llamado poderosamente la atención: la salud mental. Con frecuencia hablamos del
amor, de la ruptura y del sufrimiento sentimental como si fueran asuntos
pasajeros, como si bastara con escuchar un consejo, distraerse un poco o
conocer a otra persona para que todo vuelva a estar bien. Pero no siempre es
así. Hay momentos en los que el dolor deja de ser una tristeza circunstancial y
empieza a ocupar todos los espacios de la vida. La ansiedad, la depresión, la
soledad y la pérdida de motivación pueden convertir las actividades más
sencillas en esfuerzos enormes. Y lo más difícil es que, muchas veces, ese
sufrimiento no se ve o no encuentra un espacio donde pueda expresarse sin
prejuicios.
Esta dimensión de la historia me recordó a La
campana de cristal (la extraordinaria obra de Sylvia Plath, a la cual
también le he dedicado una publicación especial en este blog), novela en la que
conocemos la experiencia de Esther Greenwood y su progresivo deterioro
emocional. Por supuesto, hay diferencias importantes entre ambas obras y sus
protagonistas, pero encuentro un punto de contacto en la manera en que la
literatura puede acercarnos a una experiencia de sufrimiento psíquico que desde
fuera no siempre comprendemos. Y hay un detalle que me interesa
particularmente: el desplazamiento hacia la capital. Esther llega a Nueva York
por una oportunidad profesional; Karla viaja de Piura a Lima para presentar su
arte y posteriormente establecerse allí.
No son viajes equivalentes, pero ambos
movimientos permiten preguntarnos qué significa abandonar un entorno conocido y
enfrentarse a una ciudad nueva mientras se atraviesa una transformación
interior. En el caso de Karla, también me parece sugerente el lugar que ocupa
el arte. Pintar no necesariamente cura una depresión, ni una actividad creativa
puede sustituir la atención psicoterapéutica que una persona pueda necesitar.
Pero el arte puede convertirse en un espacio de expresión, de búsqueda y de resistencia;
puede ofrecernos una manera de seguir
dialogando con nosotros mismos cuando las palabras parecen insuficientes. Y
aquí quisiera detenerme en una idea: el arte no siempre nos salva del dolor,
pero puede ayudarnos a encontrar una forma de habitarlo y de no quedar
completamente definidos por él.
Asimismo, quiero destacar dos aspectos de la
construcción narrativa. El primero es el tratamiento de los diálogos. Me
parecen bien logrados porque contribuyen a la verosimilitud de la historia y
nos acercan a la intimidad de los personajes. En una novela de estas
características, los diálogos son fundamentales: a través de ellos podemos
percibir los acercamientos, las tensiones, las contradicciones y las distancias
que van apareciendo entre las personas.
El segundo es la organización temporal. Cada
capítulo está identificado con una fecha de referencia, un recurso que permite
seguir la evolución de los personajes y comprender cómo los acontecimientos del
pasado dialogan con lo que viven en el presente. Esta alternancia temporal,
incluidos los retrocesos narrativos (conocidos como flashbacks), nos
recuerda que las historias personales no se comprenden únicamente por lo que
ocurre hoy, sino también por aquello que sucedió antes y que todavía deja
huellas. Me vino a la memoria, por asociación de lecturas, Nos acompañan los
muertos, de Tamara Trottner, otra novela en la que encontré interesante la
relación entre el tiempo narrativo y la reconstrucción de una historia.
Quisiera cerrar este artículo retomando el
título: Ya no me digas corazón. A primera vista, parece una frase de
despedida. Pero, después de recorrer los temas que aborda la novela, también
podemos leerla como una invitación a pensar en todo aquello que permanece
cuando una relación cambia o termina. Porque quizá una de las tareas más
difíciles de la vida no sea solamente aprender a despedirnos de alguien, sino
evitar que esa despedida se convierta en un abandono de nosotros mismos.
No somos únicamente el amor que hemos
recibido, la relación que hemos perdido, la enfermedad que debemos afrontar o
el dolor que nos ha tocado atravesar. Somos también lo que hacemos con esas
experiencias, las preguntas que nos dejan y las posibilidades que encontramos
para seguir construyendo nuestra historia. Y tal vez la literatura tenga
precisamente esa capacidad: no ofrecernos respuestas definitivas, sino
acompañarnos mientras intentamos comprender aquello que nos sucede.

Nino Ximero, durante la presentación de
su novela en la feria del libro de Piura

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