DEBEMOS
REIVINDICAR EL CONOCIMIENTO
EN LA ERA DEL «COPIAR Y PEGAR»
Lo que no se ve
también se evalúa
Ensayo nacido en el marco de la segunda jornada del Seminario de Evaluación de los Aprendizajes, dictado por la Dra. Margarita Távara Alvarado, como parte del Doctorado en Educación de la Universidad Nacional de Piura.
Nando Vaccaro Talledo | Octubre de 2026
Siempre hay una evaluación
para todo lo que elegimos en la vida. Comparamos, sopesamos, valoramos y
tomamos decisiones basándonos en criterios, muchas veces de manera
inconsciente. Evaluamos la calidad de un alimento, la seguridad de una ruta o
la confianza en una persona. Sin embargo, cuando trasladamos este acto al campo
educativo, nos topamos con una paradoja epistemológica fundamental:
evaluamos el aprendizaje, pero el aprendizaje no se puede ver. Lo
que observamos y calificamos es apenas un objeto o un producto que resulta de
un proceso; pero los verdaderos procesos mentales y cognitivos ocurren en la
intimidad invisible de la mente del estudiante.
Ahí radica el verdadero
desafío de la didáctica y, por extensión, de la evaluación. Salir de
un programa de doctorado para seguir replicando mecánicamente las rúbricas que
nos imponen las estructuras burocráticas no tiene ningún sentido. Un
profesional de la educación debe ser capaz de diseñar idóneamente sus propios
instrumentos, adaptándolos a su grupo de estudiantes y a los factores de su
contexto. Evaluar no es rellenar formatos; es aprender a mirar lo invisible.
Además, debemos destacar que, como nos lo recordó la Dra. Margarita, las
rúbricas no sirven para evaluar conceptos; esa función es de las pruebas y del
proceso de examinación por parte del docente.
LA ILUSIÓN DE LA ACCIÓN: EL
CONCEPTO COMO MOTOR DEL PROCEDIMIENTO
En los últimos años, la
educación se ha volcado hacia lo observable, lo empírico y lo
procedimental, relegando muchas veces el conocimiento teórico. Se nos ha hecho
creer que lo único valioso es que el estudiante "haga". Sin embargo,
como bien se discutió en la cátedra de la Dra. Távara, las teorías son palabras
cargadas de conceptos, pletóricas de significado. Las herramientas visuales,
los gráficos y los organizadores no son el aprendizaje en sí mismos; son
solo el eco superficial de un proceso mental subyacente.
Para que exista un procedimiento
ciego o una destreza motriz eficiente, primero debe existir una base
cognitiva sólidamente construida. Pensemos, por ejemplo, en la
riqueza cultural de nuestra marinera. Alguien puede ser un excelso
danzante en la pista de baile y desconocer por completo la historia, el origen
de sus variantes regionales o el significado antropológico del cortejo y la
indumentaria. Y viceversa: un teórico puede dominar la cronología de la danza,
pero tener "dos pies izquierdos" al momento del zapateo (como sería
mi caso). Aunque son rutas neuronales distintas que requieren ser evaluadas
según su propia naturaleza, ambas dimensiones se necesitan para alcanzar el
desarrollo de una competencia integral.
Para graficar la fragilidad de lo
puramente empírico, me resulta muy útil la siguiente analogía: obtener
una licencia de conducir no es una tarea titánica; basta con memorizar
algunas reglas de tránsito y maniobrar en un circuito cerrado que a veces
parece diseñado para niños (y que nada tiene que ver con la calle y sus
situaciones reales). Con los años y la acumulación de kilómetros, un conductor
desarrolla "memoria muscular", lee el tráfico por pura intuición y
reacciona con reflejos y en sinergia de todos sus sentidos. Su maestría práctica es innegable. Sin embargo, para
ese conductor el vehículo sigue siendo una caja negra. Si en medio de una
carretera desolada la aguja de la temperatura sube al límite (como me ha pasado
alguna vez), el conductor empírico entrará en pánico o ignorará la alerta,
arriesgándose a fundir el motor. Por el contrario, el conductor que posee una
base conceptual profunda comprende el sistema: deduce de inmediato una falla en
el circuito de refrigeración por exceso de fricción y calor, diagnostica el
problema y propone una solución lógica.
El concepto es el mapa
mental que nos permite navegar la incertidumbre. Formar
estudiantes limitándonos a lo empírico es condenarlos a depender de que el
entorno sea siempre perfecto y controlado. En el momento en que surge
una anomalía, una emergencia o un cambio de contexto —ya sea en la carretera,
en un quirófano, en las finanzas o en el aula—, lo único que nos salva de la
parálisis es el dominio teórico.
SIN MEMORIA COMPRENSIVA NO HAY
PENSAMIENTO CRÍTICO
Hoy en día se ha puesto de moda
demonizar la memoria. Se repite como un mantra que "ya no es necesario
memorizar porque todo está en Google". Esta es una de las mayores falacias
de la pedagogía moderna, nacida de confundir el aprendizaje memorístico
maquinal (repetir "de paporreta" un sonido vacío, como quien ensaya
una canción en inglés para una actuación navideña sin saber lo que dice) con la
memoria comprensiva.
La memoria es el soporte
indispensable de la cognición y el andamiaje del pensamiento crítico. No se
puede analizar la Revolución Francesa si no se recuerda el concepto de
monarquía; no se puede resolver un problema científico si no se evoca la ley
que lo origina. Dejemos de satanizar la memoria y empecemos a
reivindicarla como la facultad que nos permite recuperar conocimientos,
asociarlos, interpretarlos y utilizarlos como herramientas para pensar. De
hecho, una de las premisas más contundentes que nos dejó la Dra. Margarita
en clase fue: «No hay pensamiento crítico si no hay dominio de una teoría».
El pensamiento crítico no es una competencia etérea que brota de la
nada; por el contrario, es la más alta esfera de la comprensión, y solo se
activa cuando el estudiante domina un concepto con tal profundidad que es
capaz de analizarlo, evaluarlo, cuestionarlo y,
eventualmente, refutarlo.
Por esta misma razón, urge trazar
una línea clara entre "buscar información" e "investigar".
En la era del clic fácil, hemos caído en el engaño de creer que un alumno
investiga cuando solo arrastra el mouse para copiar y pegar datos en un
documento. El traslado mecánico de información no genera conocimiento. Investigar
exige un procesamiento cognitivo complejo: dudar, contrastar
fuentes, inferir y asimilar la información para transformarla
en una estructura mental propia. Si los docentes no dominamos el contenido
teórico de nuestra materia, seremos incapaces de formular las preguntas esenciales que
fuercen este procesamiento. Desde los diálogos de Platón y la mayéutica
socrática, sabemos que el arte de enseñar consiste en hacer preguntas
idóneamente para que el estudiante "saque de adentro" el saber y
llegue a la verdad. Una pregunta mal formulada por el maestro solo puede
generar una respuesta mal esbozada por el alumno.
EL TERMÓMETRO NO TIENE LA CULPA DE LA FIEBRE
Creo que existe una cadena de
responsabilidades que nos obliga a mirar con ojos críticos los resultados
de las evaluaciones estandarizadas, como las pruebas PISA. Cuando
un país obtiene un rendimiento deficiente en estos exámenes internacionales,
como es el caso del Perú, la respuesta inmediata de los medios y los políticos
suele ser la sanción moral o el estigma hacia los estudiantes. Esto
constituye una flagrante injusticia pedagógica.
Retomando las funciones de la
evaluación, la Dra. Margarita nos recordaba que un instrumento es, en
esencia, un objeto o formato cuya función es recoger información, tal como lo
hace un termómetro. Para que ese termómetro sea válido, debe medir de forma
coherente y proporcional aquello que realmente se enseñó. Por lo tanto, si
el estudiante falla de manera generalizada, no es su inteligencia innata la que
ha fracasado; los que hemos fallado somos los docentes, la escuela y todo el sistema
educativo que estuvo a su cargo.
No se puede sancionar al
estudiante por lo que no se le enseñó bien. PISA no evalúa condiciones
biológicas ni contextuales, sino el impacto acumulado de la calidad del
servicio educativo recibido. Si el sistema ofrece una formación docente
precarizada, si los currículos oficiales obligan a los maestros a "correr"
de forma superficial para terminar un temario memorístico, y si luego una
prueba internacional exige al alumno deducir, interpretar y aplicar el
pensamiento crítico, se convierte en la crónica de un desastre académico
anunciado. Culpar al eslabón final de la cadena por un mal resultado en un
examen es el equivalente exacto a romper el termómetro porque el paciente tiene
fiebre, en lugar de diseñar las políticas públicas y pedagógicas necesarias
para curar la infección de fondo. La evaluación, si aspira a ser un
acto ético y transformador, debe dejar de ser un látigo punitivo para
convertirse en el espejo transparente que nos devuelva la verdad de nuestras
propias prácticas en el aula.



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