martes, 13 de octubre de 2026

Cuando el lenguaje preserva la memoria: comentario de la novela “Pronunciaré sus nombres”, de Tamara Trottner (por Nando Vaccaro)

Por Nando Vaccaro T. (octubre, 2026)


 

Desde la dedicatoria de Pronunciaré sus nombres, asistimos al manifiesto de gratitud que constituye el verdadero corazón de la novela. Tras el éxito de Nadie nos vio partir (2020), donde Tamara Trottner exorcizó el secuestro que sufrió en su infancia a manos de su padre, la autora mexicana regresa al origen. Esta precuela familiar no es un frío registro genealógico, sino un acto de justicia poética: rescatar del olvido a sus abuelos maternos, Moishe y Ana, quienes huyeron de la barbarie en la Rusia zarista y el horror del Holocausto para reiniciar su estirpe en México.

La estructura de la novela desafía la linealidad temporal tradicional. La historia empieza como el gato que se muerde la cola: arranca con el final de la vida de Moishe en México, consagrado como el patriarca que logró salvar a gran parte de su familia, para luego arrastrarnos en un viaje de regreso al Kiev de 1900. La decisión de incrustar fechas específicas a lo largo del texto dota a la obra de una naturaleza híbrida: funciona a la vez como crónica histórica, diario personal y ficción íntima. A través de estas páginas desfila una constelación de personajes secundarios dotados de un coraje tremendo y unas ganas viscerales de vivir. Su amor por el prójimo contrasta, de forma lumínica, con la crueldad de los pogromos rusos y la maquinaria nazi.

Es en este punto donde la novela ha despertado debates en el ámbito literario hispanoamericano. Mientras figuras de la talla de Ángeles Mastretta y Claudia Marcucetti han elogiado su honestidad desarmante y su valor testimonial, sectores de la crítica especializada, como el suplemento Laberinto del diario Milenio, han señalado que la autora se apoya en exceso en la emotividad de la anécdota real, argumentando una supuesta falta de "recursos puramente técnicos de la ficción" para sostener el peso histórico.

Sin embargo, una lectura atenta desde la trinchera de la escritura revela todo lo contrario. En Nadie nos vio partir la autora ya experimentaba con un tono poético, pero en esta precuela la estructura técnica se siente aún más sofisticada. Me llamó poderosamente la atención cómo logró disolver las fronteras tipográficas en Pronunciaré sus nombres: los diálogos están metidos en la corriente de la narración y hay una transición invisible entre la primera persona y el narrador omnisciente.

Como escritor, confieso que recurrir a un procedimiento semejante me produce vértigo, por el temor a confundir al lector. Esta integración orgánica de los diálogos en el flujo narrativo evoca inevitablemente la maestría de José Saramago, un autor profundamente admirado por Tamara y cuya influencia parece resonar en estas páginas. Lejos de extraviar a quien lee, las voces irrumpen con naturalidad y construyen una hermosa polifonía. Al apartarse de las convenciones tipográficas habituales, Trottner consigue que la alternancia de voces nos permita sentir los acontecimientos más allá de las estadísticas frías de la historia oficial. No percibo en esta elección un mero descuido formal, sino una posible representación de cómo opera la memoria familiar: los vivos y los muertos coexisten en un mismo flujo mental, y sus voces se entrelazan sin obedecer necesariamente a una secuencia lineal.

Esta sofisticación técnica responde a la propia filosofía de Trottner sobre la autoficción. Para la autora, la autobiografía pura no existe porque la mente humana no opera con verdades absolutas. La memoria es selectiva, subjetiva y está diseñada para ayudarnos a sobrevivir. Al abordar el dolor del exilio y el trauma, Trottner utiliza la autoficción como una herramienta de sanación y catarsis. Su regla de oro, que fue sugerida por su editor, es clara: "Autor que no se desnuda, no merece ser leído". La fuerza de su prosa no proviene de la rigidez académica del dato duro, sino de un compromiso visceral con la honestidad emocional.

Como bien se menciona en el editorial de la revista de Tinta Club del Libro, "la autora entiende la escritura como una forma de escucha: atender a las voces que nos precedieron, rescatar sus gestos, sus silencios y sus relatos para ofrecerles una segunda vida que trascienda los límites de la carne y el tiempo". Es precisamente esa "escucha" la que justifica que las fronteras de la puntuación se diluyan: los abuelos no son personajes estáticos en un libro de historia, sino presencias vivas que le hablan al oído a la narradora.

En mi experiencia personal con el ecosistema de Tinta, suelo optar por un método específico: primero leo la obra a solas y luego me sumerjo en la revista del club. Acudir a las entrevistas de figuras como Ángeles Mastretta y la propia Tamara tras haber cerrado el libro me permite prolongar la reflexión y cuestionar mi propio proceso de lectura. De igual forma, el espacio al final de la revista dedicado a los comentarios de los lectores que leyeron la obra en primicia enriquece notablemente la experiencia. Este diálogo coral ofrece miradas y perspectivas diferentes que transforman el acto solitario de leer en una experiencia colectiva más diversa, completa y viva.

Uno de los aspectos más potentes que se perciben al terminar la lectura es la intención última de la autora, quien ha manifestado que espera que esta obra sirva para recordar a los nuestros, a aquellos que hicieron posible que hoy estemos en este mundo. Honrar su memoria es valorar su legado y ponderar nuestra identidad. Sobre todo en esta época de tanta dispersión, de globalización y desconcierto, donde solemos buscar inútilmente fuera lo que deberíamos mirar adentro.

Esta premisa resonó profundamente en mí debido a una experiencia reciente. Hace poco ofrecí un taller a un grupo de adultos mayores titulado "El cuaderno de mis memorias", en el que los motivé a escribir sus recuerdos para evitar que se perdieran las referencias esenciales de su pasado. Fue impresionante ser testigo de cómo nuestros abuelitos albergaban tantas historias por contar y tantas emociones contenidas que necesitaban una vía de escape. Aquella experiencia me confirmó una gran verdad: no hace falta que haya un escritor profesional en casa; solo hacen falta unos oídos atentos, tiempo de calidad y el aprovechamiento de la tecnología actual para tipear o grabar esas conversaciones.

Al final, Pronunciaré sus nombres demuestra que cuando la historia familiar es amenazada por la distancia y la desmemoria, es el lenguaje —arriesgado, híbrido y poético— el único refugio capaz de mantener encendida la llama de los que nos precedieron. Solo así nosotros también podremos, junto a nuestros hijos y nietos, pronunciar con orgullo sus nombres.