Por Nando Vaccaro T. (octubre, 2026)
Desde la dedicatoria de Pronunciaré
sus nombres, asistimos al manifiesto de gratitud que constituye el
verdadero corazón de la novela. Tras el éxito de Nadie nos vio partir (2020),
donde Tamara Trottner exorcizó el secuestro que sufrió en su infancia a manos
de su padre, la autora mexicana regresa al origen. Esta precuela familiar no es
un frío registro genealógico, sino un acto de justicia poética: rescatar del
olvido a sus abuelos maternos, Moishe y Ana, quienes huyeron de la barbarie en
la Rusia zarista y el horror del Holocausto para reiniciar su estirpe en
México.
La estructura de la novela
desafía la linealidad temporal tradicional. La historia empieza como el gato
que se muerde la cola: arranca con el final de la vida de Moishe en México,
consagrado como el patriarca que logró salvar a gran parte de su familia, para
luego arrastrarnos en un viaje de regreso al Kiev de 1900. La decisión de
incrustar fechas específicas a lo largo del texto dota a la obra de una
naturaleza híbrida: funciona a la vez como crónica histórica, diario personal y
ficción íntima. A través de estas páginas desfila una constelación de
personajes secundarios dotados de un coraje tremendo y unas ganas viscerales de
vivir. Su amor por el prójimo contrasta, de forma lumínica, con la crueldad de
los pogromos rusos y la maquinaria nazi.
Es en este punto donde la novela
ha despertado debates en el ámbito literario hispanoamericano. Mientras figuras
de la talla de Ángeles Mastretta y Claudia Marcucetti han elogiado su
honestidad desarmante y su valor testimonial, sectores de la crítica especializada,
como el suplemento Laberinto del diario Milenio, han señalado que la
autora se apoya en exceso en la emotividad de la anécdota real, argumentando
una supuesta falta de "recursos puramente técnicos de la ficción"
para sostener el peso histórico.
Sin embargo, una lectura atenta
desde la trinchera de la escritura revela todo lo contrario. En Nadie nos
vio partir la autora ya experimentaba con un tono poético, pero en esta
precuela la estructura técnica se siente aún más sofisticada. Me llamó
poderosamente la atención cómo logró disolver las fronteras tipográficas en Pronunciaré
sus nombres: los diálogos están metidos en la corriente de la narración y
hay una transición invisible entre la primera persona y el narrador
omnisciente.
Como escritor, confieso que recurrir a un procedimiento
semejante me produce vértigo, por el temor a confundir al lector. Esta
integración orgánica de los diálogos en el flujo narrativo evoca
inevitablemente la maestría de José Saramago, un autor profundamente admirado
por Tamara y cuya influencia parece resonar en estas páginas. Lejos de
extraviar a quien lee, las voces irrumpen con naturalidad y construyen una
hermosa polifonía. Al apartarse de las convenciones tipográficas habituales,
Trottner consigue que la alternancia de voces nos permita sentir los
acontecimientos más allá de las estadísticas frías de la historia oficial. No
percibo en esta elección un mero descuido formal, sino una posible
representación de cómo opera la memoria familiar: los vivos y los muertos
coexisten en un mismo flujo mental, y sus voces se entrelazan sin obedecer
necesariamente a una secuencia lineal.
Esta sofisticación técnica
responde a la propia filosofía de Trottner sobre la autoficción. Para la
autora, la autobiografía pura no existe porque la mente humana no opera con
verdades absolutas. La memoria es selectiva, subjetiva y está diseñada para
ayudarnos a sobrevivir. Al abordar el dolor del exilio y el trauma, Trottner
utiliza la autoficción como una herramienta de sanación y catarsis. Su regla de
oro, que fue sugerida por su editor, es clara: "Autor que no se desnuda,
no merece ser leído". La fuerza de su prosa no proviene de la rigidez
académica del dato duro, sino de un compromiso visceral con la honestidad
emocional.
Como bien se menciona en el editorial de la revista de Tinta Club del Libro, "la autora entiende la
escritura como una forma de escucha: atender a las voces que nos precedieron,
rescatar sus gestos, sus silencios y sus relatos para ofrecerles una segunda
vida que trascienda los límites de la carne y el tiempo". Es
precisamente esa "escucha" la que justifica que las fronteras de la
puntuación se diluyan: los abuelos no son personajes estáticos en un libro de
historia, sino presencias vivas que le hablan al oído a la narradora.
En mi experiencia personal con el
ecosistema de Tinta, suelo optar por un método específico: primero leo la
obra a solas y luego me sumerjo en la revista del club. Acudir a las
entrevistas de figuras como Ángeles Mastretta y la propia Tamara tras haber
cerrado el libro me permite prolongar la reflexión y cuestionar mi propio
proceso de lectura. De igual forma, el espacio al final de la revista dedicado
a los comentarios de los lectores que leyeron la obra en primicia enriquece
notablemente la experiencia. Este diálogo coral ofrece miradas y perspectivas
diferentes que transforman el acto solitario de leer en una experiencia
colectiva más diversa, completa y viva.
Uno de los aspectos más potentes
que se perciben al terminar la lectura es la intención última de la autora,
quien ha manifestado que espera que esta obra sirva para recordar a los
nuestros, a aquellos que hicieron posible que hoy estemos en este mundo. Honrar
su memoria es valorar su legado y ponderar nuestra identidad. Sobre todo en
esta época de tanta dispersión, de globalización y desconcierto, donde solemos
buscar inútilmente fuera lo que deberíamos mirar adentro.
Esta premisa resonó profundamente
en mí debido a una experiencia reciente. Hace poco ofrecí un taller a un grupo
de adultos mayores titulado "El cuaderno de mis memorias", en
el que los motivé a escribir sus recuerdos para evitar que se perdieran las
referencias esenciales de su pasado. Fue impresionante ser testigo de cómo nuestros
abuelitos albergaban tantas historias por contar y tantas emociones contenidas
que necesitaban una vía de escape. Aquella experiencia me confirmó una gran
verdad: no hace falta que haya un escritor profesional en casa; solo hacen
falta unos oídos atentos, tiempo de calidad y el aprovechamiento de la
tecnología actual para tipear o grabar esas conversaciones.
Al final, Pronunciaré sus
nombres demuestra que cuando la historia familiar es amenazada por la
distancia y la desmemoria, es el lenguaje —arriesgado, híbrido y poético— el
único refugio capaz de mantener encendida la llama de los que nos precedieron.
Solo así nosotros también podremos, junto a nuestros hijos y nietos, pronunciar
con orgullo sus nombres.


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