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miércoles, 14 de marzo de 2018

RESEÑA DE LA OBRA CUENTOS PARA EVA, DE DAVID ARCE MARTINO


Por Nando Vaccaro Talledo – Marzo 2018

Desde la presentación de esta magnífica obra literaria acudimos a un trabajo realizado con maestría y genialidad, en este caso a través de las “Palabras preliminares” del gran Marco Martos, quien pondera en el autor de este cuentario su habilidad para manejar tanto “la norma culta del Perú” como “el lenguaje del campo”, además de una “desbordada imaginación”. A decir de Martos, los relatos de Arce, orientados a un público muy diverso, evocan “las vivencias inolvidables de la infancia” y circulan entre lo onírico, la impronta imaginativa y la recreación de personajes propios de los pueblos norteños.



Si se me permite hacer una analogía muy visual de lo que es este libro, es como si fuera una gran hiperbodega, con buenos y necesarios productos, todos de una misma y distinguida marca, y el consumidor puede ver todas las mercancías y luego elegir lo que más quiere y le gusta. De igual manera Cuentos para Eva  es una obra con relatos muy sobresalientes y estupendos, de matices, escenarios y temáticas distintas pero con un trazo que hace distinguible al mismo autor, y habrá cuentos que nos gusten y atrapen más que otros.


Todos los relatos están muy bien cuidados, sin yerros, redundancias o vicios de escritura. Por supuesto, como siempre sucede, hay cuentos que encuentran una buena historia con la habilidad de contarla, y de ese calibre literario David Arce tiene varios en su libro, que no tendrían por qué envidiar la prosa de los más reconocidos narradores peruanos.

La ley de la oferta y la demanda también se da en el arte y la literatura. La invitación está hecha y la mesa está servida. Leer Cuentos para Eva de David Arce les proporcionará una experiencia enriquecedora, y es un magnífico punto de encuentro para reconocer y empezar a valorar más a nuestros escritores.


PARA LEER EL LIBRO ONLINE IR A LA SIGUIENTE URL:
http://chulucanasnoticias.com/cuentos-para-eva-del-dr-david-arce-martino/

COLOFÓN: si quieres conocer un poco de cada cuento…

La obra Cuentos para Eva de David Arce Matino tiene un total de 44 cuentos, entre relatos de una extensión “estándar” para el género, y otros que más bien podrían ser considerados como microrrelatos, agrupados en tres segmentos: 1) Para Evita; 2) Para Eva y para mí; 3) Para Eva. Aunque en la mayoría de los relatos la prosa de Arce mantiene una tendencia y estilo narrativo reconocibles, es difícil reseñar un libro con tantas historias.


Para evitar hablar de unos y obviar a otros, la intención ha sido ofrecer una mirada general del libro, con un comentario (que en algunos casos hasta podría parecer una sinopsis) breve de cada cuento, y siempre con el fin supremo de dar a conocer este estupendo libro y entusiasmar (ojalá llegue hasta la persuasión) a aquellas personas que aún no lo han leído. De aquí en adelante esa es la propuesta. Por ello, además del presente texto, ofrezco una reseña completa de la obra de nuestro amigo, el doctor, escritor y filántropo David Arce.








viernes, 25 de noviembre de 2016

EVOLUCIÓN DE LA ESCRITURA: cómo y en qué escribimos

Por Nando Vaccaro Talledo – Noviembre 2016

Primero fueron ideogramas en las cavernas; después los jeroglíficos y, como le consta a Moisés, inscripciones sobre tablas de piedra y en otros sitios de arcilla, dando origen a la escritura cuneiforme; luego de varias centurias de pasar por otros registros generosos para el proceso evolutivo llegó por fin la escritura sobre papel; siglos después se pudo ya no escribir a mano sino “teclear” un solo tipo de letra del alfabeto, en minúsculas o mayúsculas, en una máquina de escribir, con la condición de estar atentos porque un error podía hacernos repetir el texto; décadas después apareció la computadora, y pasamos de teclear a tipear, perdimos el miedo a equivocarnos al aplastar el dedo y un mundo de opciones y diseños se abrió ante nuestros ojos en solo un click (seguramente a estas alturas hemos tipeado y clickeado más veces de las que hemos escrito con lapicero sobre un papel). Pero también empezamos a descuidarnos en la sintaxis y hasta en la semántica porque “la compu” lo hace por nosotros; en los siguientes años llegaron aparatos más novedosos y hasta portátiles, en los que ya no se teclea, tipea o clickea, sino simplemente se digita con una sutil caricia sobre la pantalla del dispositivo.
Es más que probable que ya existan en el mercado internacional artefactos de igual o mayor sofisticación que los usados por el científico Stephen Hawking (su silla de ruedas está controlada por una computadora que él maneja a través de leves movimientos de la cabeza y los ojos, y contrayendo una de sus mejillas puede componer palabras y frases que son emitidas por un sintetizador de voz), con lo cual se alivia más el trabajo para las manos: solo pensar, guiar con los ojos y se reproduce lo que queremos decir.  


Entonces, ahora es propicio plantear la siguiente interrogante: ¿en qué consiste realmente el proceso físico (no el mental) de la escritura? ¿Podemos llamar escribir a estos últimos procedimientos tecnológicos y virtuales de reproducción? ¿Qué nos imaginamos cuando decimos o escuchamos que alguien está realizando el “acto” de escribir (lo que en semiología se denomina “signo lingüístico”)? Respondiendo a esto último, conjeturo que la mayoría, incluidos los más tecnologizados, visualizan a una persona verdaderamente escribiendo, es decir anotando, redactando con su puño y letra sobre una hoja o cuaderno.  


En lo particular, no desdeño las evoluciones técnicas en este campo. Incluso gran parte de este artículo ha sido elaborado en un dispositivo móvil, por necesidad (no tenía un lapicero ni una hoja a la mano cuando pensé en escribirlo) y también por comodidad (era de madrugada). Sin embargo, el proceso cognoscible de lo que significa escribir solo puede definirse desde la individualidad de cada autor, y no me refiero solo a grandes escritores, sino a cualquier persona que deba escribir un texto y elija un medio para materializarlo. Es cierto que en ocasiones no hay tiempo ni siquiera para esbozar un borrador de un trabajo o informe, y se deben tipear directamente. Pero qué hay de las cartas de amor, de las notas de agradecimiento para nuestros padres y madres en su día. ¿Acaso no es intenso y especial escribirlas a mano y sentir que no hay una especie de barrera entre nuestros sentimientos y lo que estamos plasmando? Un lapicero y  un papel son extensiones, prótesis de nuestro cuerpo, pero lo es más todavía un aparato móvil o una computadora. Además, estos últimos, al igual de lo que podría ocurrir si diferenciamos leer de un libro que de un dispositivo virtual, nos demanda mayor desgaste de la visión y hasta distracciones que nos sacan del tema.  

Para la mayoría de los escritores profesionales, e inclusive para quienes disfrutan compartiendo sus creaciones en palabras que luego darán vida a un texto, del género que fuere, la escritura, la redacción en un papel es como un parto natural: un pacto con la esencia misma del ser, es dar vida esparciendo la tinta del lapicero sobre la hoja incólume que de a poco se va vistiendo con sentido y armonía, a través del brazo y de la mano que son como el cordón umbilical (damos por descontado que el cerebro es el útero: en él todo se concibe primero). Desde luego, resulta inexorable tipear el producto final, ya sea para enviarlo por internet, imprimirlo o solo guardarlo. Pero el placer de escribir, ese “vicio insaciable y abrasivo, el más íntimo y solitario que pueda imaginarse” como menciona Gabriel García Márquez en el prólogo de Doce cuentos peregrinos, es, simplemente, incomparable.